Mientras la sociedad estaba estructurada y con ella una cierta sensación de seguridad, en la percepción de unos ingresos, en la disposición de un techo donde vivir, en un arraigo vecinal y familiar; al poder del Estado le resultaba algo difícil imponer ciertas leyes, normas, regulaciones, decretos, penalizaciones, etc. sin el uso de la fuerza. La sociedad era reacia a someterse a un control sobre sus vidas, las cuales estaban basadas en una similitud cultural y una cierta confianza en sus entornos inmediatos.
Cuando la sociedad se está desestructurando, está perdiendo sus raíces, su cultura, su entorno social, avanzando hacia una individualización y nihilismo en el cual desaparece la confianza y la ayuda mutua, nace la inseguridad, convirtiéndose ésta en una poderosa arma en manos de la clase dominante, a la cual, paradógicamente, se apela para tranquilizar los estados de ánimo creados.
Cuando la inseguridad se extiende, al mismo tiempo se extiende una percepción de peligro, y ante esta sensación se agudiza la violencia. Una violencia exaltada desde la más corta edad a través de los juegos de internet.
El 15 de Noviembre de 2001, Microsoft Game Studios y Bungie Studios publican el videojuego Halo: Combat Evolved, mucho más violento y sangriento que los anteriores. Es un videojuego de disparos en primera persona (FPS, first-person shooter) que simula el uso de armas de fuego desde una perspectiva de primera persona, con tiroteos rápidos y sangrientos y resultado de muerte.
La Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión se apresuró a galardonar Halo como el «mejor videojuego». Así atravesando el Atlántico la “cultura del simulacro del asesinato” se insertó en Europa después de haber dejado un saldo de 200 muertos y 212 heridos en las escuelas de Estados Unidos realizados por jóvenes o adolescentes. A ello debemos sumar la producción fílmica norteamericana de terror y violencia.
Y en España, el progresista gobierno actual “regala” a cambio de nada el llamado Bono Cultural Joven por la cantidad de 400 euros a quienes cumplen 18 años durante el año de publicación de la convocatoria para adquirir y disfrutar de productos y actividades culturales, entre ellas la compra de videojuegos como el reseñado.
“Más de 366.000 jóvenes solicitan el Bono Cultural Joven 2025, un 8% más que en la edición anterior”. https://www.cultura.gob.es/destacados/bono-cultural-joven.html
Violencia que podemos constatar, ya sea en las escuelas, en la calle, entre vecinos, entre espectadores, entre consumidores, en los hogares…, violencia mayormente gratuita ante la cual aparece un clamor: ¡Queremos seguridad!
Pero podemos preguntar ¿Seguridad frente a quién? ¿Frente a políticos corruptos? ¿Frente a empresarios explotadores? ¿Frente a especuladores de viviendas? ¿Frente a banqueros usureros? ¿Frente a las bandas organizadas del tráfico de drogas y personas? ¿Frente a los evasores de capitales?…
Para obtener seguridad ante estas preguntas no hacen falta ni más policías, ni más cámaras de vigilancia, ni más juzgados especiales, ni más tertulias televisivas. Tan solo hace falta la voluntad política de acabar con ellos. Pero cuando los gestores gubernamentales del capital están hundidos hasta el cuello en cada una de las bandas organizadas reseñadas, precisan organizar un discurso que, aparentemente es contrapuesto entre unos partidos y otros, pero en el fondo transmiten lo mismo con tal de oscurecer los autores del peligro.
¿Cómo se puede entender tal sintonía si aparentemente son discursos contradictorios?
Esto es uno de los artes o artificios de lo políticamente correcto que por arte de magia convierte a un conglomerado humano, dócil en el quehacer e indócil en el decir, que repiten la misma letanía pero con matices distintos:
Unos claman que la inseguridad es fruto de una masiva introducción irregular en el país de personas foráneas. Otros claman que la inseguridad es fruto de aquellos que recelan de dicha introducción.
Así tirios y troyanos se reparten los beneficios derivados de esta avalancha humana foránea, la cual precisan para realizar según que trabajos.
Clases altas, medias, incluso obreras medianamente remuneradas, exigen que otras gentes les limpien la mierda de sus casas, que cuiden a sus abuelos, que realicen las tareas más pesadas, que resulten económicos, y culturalmente lejanos para desprenderse de ellos si reivindican “más de la cuenta”.
Si realizáramos un estudio en profundidad del sector denominado de empleados de hogar veríamos que por un lado dichas personas son en su inmensa mayoría foráneas, y por otro lado las personas que utilizan sus servicios son indistintamente reaccionarias, progresistas o radicales antisistema.
Asimismo en otro sector como la construcción, todos coinciden que hay un déficit habitacional, pero ni reaccionarios, progresistas o antisistema se enfervorizan para trabajar en la construcción haga frío o calor.
Una mayoría quiere comer carne, excepto los vegetarianos, pero apenas nadie dispuesto a trabajar en mataderos y salas de despiece. Todo el mundo apetece de comer frutas y verduras, pero no aparecen miles de personas para trabajar en el campo. ¡Qué lo hagan los foráneos!
¿Entonces dónde estriba la diferencia?
Es simplemente una cuestión de fariseísmo democrático en el cual el hecho destruye la palabra, la mentira se convierte en verdad y la verdad en mentira.
La realidad es que todos, progresistas o reaccionarios quieren mano de obra foránea, la precisan, la singularidad radica en que unos hacen oídos sordos a un sentimiento popular que clama para no perder los derechos adquiridos mediante una lucha de muchos años, y otros hacen suyo este sentir, aunque no lo compartan, para disponer de las bazas suficientes durante la farsa electoral.
De este modo se configuran unos discursos aparentemente antagónicos, que intentan solapar el nivel de destrucción y fragmentación del proletariado. Son diferencias de matiz, de forma, pero no de contenido.
Mientras tanto, algunas huestes que se hacen llamar radicales antisistema, en su pueril inocencia, se abrazan, tal vez sin saberlo, a las tesis de Immanuel Kant o de Georges Soros, es decir al ideario del cosmopolitismo o de la sociedad abierta. Doctrinas que no tienen ni la más mínima semejanza de un enfrentamiento con el capital, ni con el internacionalismo proletario, sino soportes importantes para el sistema, de acuerdo al momento histórico en que se plantean.
Y, las menguadas y fragmentadas organizaciones comunistas que sobreviven ¿Qué dicen?
Pues apenas nada, simplemente hacen suyo el discurso “políticamente correcto” para no ser mal vistos, con algunas matizaciones de forma, que no de contenido. Eludiendo públicamente el análisis de la degradación social y cultural del proletariado, centrándose en etéreas solidaridades con algunas luchas derivadas de la negociación económica de algún convenio colectivo, en otras etéreas campañas de solidaridad internacional, clamando no a la OTAN, y participando en algunas protestas ante los desahucios.
Pero el eje discursivo, por lo que respecta al proletariado de nuestro país, está centrado en reivindicaciones económicas, reclamando más presupuesto para asistencia social, etc. Pero veamos:
| Evolución inversiones | 2018 | 2023 |
| Servicios sociales | 2.630 (millones €) | 7.117 (millones €) |
| Pensiones | 144.834 (millones €) | 190.687 (millones €) |
| Cultura | 869 (millones €) | 1.804 (millones €) |
En base a estos datos podemos constatar que precisamente la partida de inversiones (que no gastos) en asistencia social en el quinquenio reseñado tuvo un incremento del 270,6 %; las pensiones un incremento del 13,3 % y en cultura un 207,5%.
¿Por qué son inversiones y no gastos los presupuestos de asistencia social y cultura? Porqué su función es mantener la estabilidad social y el desmembramiento cultural. En cuanto a las pensiones, que son un derecho adquirido y financiado a lo largo de la vida activa por los propios trabajadores, el incremento equivale a la inflación, en la cual, los productos de primera necesidad son una parte ínfima en el cálculo de la misma, con lo cual se puede llegar a la conclusión de que los DERECHOS han menguado y las subvenciones a distintos colectivos han aumentado.
¿A qué conclusiones nos pueden llevar estas consideraciones?
Los comunistas debemos luchar para defender los derechos, al mismo tiempo que debemos denunciar la fragmentación del proletariado creada en base a subvencionar diversos colectivos bajo cualquier epígrafe.
Debemos luchar para que la inmigración que se acepte disponga de las garantías de sustento y techo para evitar las situaciones de marginación. Debemos ayudar, respaldar la inmigración cuyo objetivo sea la incorporación a la sociedad para mejorar su nivel de existencia. Luchar contra su explotación por parte del capital y que sus ingresos se conviertan en derechos al igual que los que hemos defendido durante años. Pero al mismo tiempo denunciar la inmigración que produce fragmentación social, cuya opción no es la incorporación al proletariado español, sino acceder a subvenciones estatales, subvenciones que pagamos entre todos los trabajadores, tanto en activo como pensionados, mediante las imposiciones tributarias del IRPF.
Josep Cónsola
Mayo 2026




