Podríamos afirmar que vivimos en una sociedad políticamente correcta, inmersos en un ambiente de degradación cultural y empobrecimiento intelectual.
No hay nada más que ver lo que sucede en el mundo globalizado para coincidir con el diagnóstico que en su día realizaba Michael Ellner: «Solo míranos. Todo está al revés… Los médicos destruyen la salud, los abogados destruyen la justicia, los psiquiatras destruyen las mentes, los científicos destruyen la verdad, los principales medios destruyen la información, las religiones destruyen la espiritualidad y los gobiernos destruyen la libertad».
Nosotros deberíamos añadir: “los políticamente correctos corrompen el sentido común”
André Abeledo Fernández concejal gallego de Narón, de izquierda unida, socio menor y haciendo el papel de correreveidiles del gobierno arremete desde una izquierda “políticamente correcta” contra la propuesta de PP y VOX de lo llamado “pacto de prioridad nacional”. Un reciente artículo suyo es reproducido en diversas páginas web de las llamadas progresistas o de izquierdas o revolucionarias o lo que sea.
No es que critique esto, al contrario, pienso que no debería haber censura en estas páginas y de este modo que pudieran ser un centro de intercambio de opiniones entre las organizaciones y personas militantes. Pero ¡cuidado!, cuando se ofrecen dichas páginas para plasmar la propaganda institucional del gobierno, algo se está escapando de las manos.
Como buen portavoz gubernamental, aplaude al gobierno (del cual su partido forma parte y está bien subvencionado) y de paso a la iglesia. Como dijo Margaret Thatcher: “Mi principal triunfo es que los laboristas adoptaron nuestras ideas”.
Lo “políticamente correcto” de moda hoy es la consigna ¡Queremos acoger!, coreada por una izquierda que cobra buenos sueldos, tiene trabajo estable ya sea en empresas privadas o en el funcionariado, dispone de vivienda, tal vez seguro médico privado y fondo de pensiones, y sus hijos van a escuelas concertadas o públicas con métodos “por proyectos” en las que hay una homogeneización de alumnos de clase media, con alguna excepción de foráneos, para que no se diga. O jóvenes rebeldes que viven de las transferencias intergeneracionales de sus progenitores y que tienen el techo familiar asegurado cuando les conviene.
Pero contradictoriamente, no ofrecen sus viviendas a los acogidos, no los sientan a su mesa, ni les aseguran unos ingresos. Ni a los foráneos ni a los autóctonos. ¡Qué lo solucionen otros!
Pero millones de personas no perciben buenos sueldos, no viven de subvenciones, no tienen vivienda propia, hacen larga cola en los ambulatorios de la seguridad social, sus hijos van a la escuela pública al igual que los hijos de los migrantes, algunos reciben asistencia social, comida, beca escolar de comedor y viven agobiados por los altos alquileres.
¿Cuál es la opinión de estos millones de personas sencillas? ¿Alguien les ha preguntado?
Dicen que hay déficit de viviendas, pero al mismo tiempo se impulsa una inmigración masiva que precisa de un techo para vivir con lo cual, los especuladores inmobiliarios se frotan las manos aumentando sin cesar los precios de los alquileres.
Dicen que la escuela pública está saturada pero se incorporan miles de niños y niñas procedentes de la inmigración, y en lugar de aumentar sustancialmente el presupuesto de educación en función de un mayor número de alumnos, se distribuyen “ayudas” a ciertas minorías con lo cual se agrava el problema.
Dicen que las listas de espera sanitarias afectan a casi un millón de personas, que los ambulatorios están colapsados, pero tan solo con el certificado (verídico o falso) de empadronamiento se dispone de “derecho” a la utilización de la sanidad pública y gratuita, sin incrementar exponencialmente los presupuestos en materia de salud.
Daniel Bernabé en su libro llamado “La Trampa de la diversidad”, se acercaba a una realidad con estas palabras: “Mientras la izquierda secciona a los grupos sociales intentando dar protagonismo a todos los colectivos que pugnan en ese mercado identitario, la ultraderecha construye un grupo en torno al discurso de la honradez, la decencia y la invasión del diferente.”
Esta premonición se está volviendo realidad al constatar el incremento del soporte a las organizaciones llamadas de extrema derecha, ante lo cual debemos preguntarnos si no será precisamente el papel que está jugando la llamada izquierda, que llena de hastío a la población más sencilla y con ello la lanza a los brazos de las formaciones reaccionarias.
De una entrevista a Daniel Bernabé publicada en Septiembre de 2018 en El Cuaderno Digital (https://elcuadernodigital.com/2018/09/10/entrevista-a-daniel-bernabe/) Pienso interesante extraer alguna pregunta y respuesta.
Pregunta: Alude en el libro a la cierta desobrerización sociológica que, al calor de la crisis económica, han ido viviendo los partidos de izquierda, crecientemente controlados en tanto que dirigentes, líderes de opinión o figuras académicas de referencia por individuos de clase media a los que el conflicto capital-trabajo les afecta, y por lo tanto les interesa, relativamente poco, y que en consecuencia vuelcan sus energías en cuestiones de representación de la diversidad que sí les tocan más de cerca.
Respuesta: Sí, la izquierda más radical cada vez está más relacionada con gente de clase media de alta formación. Y esa mesocratización tiene sus consecuencias. Mira, ayer o anteayer Jorge Lago, uno de estos intelectuales de Podemos, decía que la clase social era un fenómeno prefijado o algo así: este lenguaje posmoderno que usan ellos. Lago es un tipo que tiene un millón de euros y siete casas en Madrid. ¿Importa? Pues supongo, ¿no? ¿Qué importancia puede tener la clase para alguien como Jorge Lago, que no sabe lo que es ir a una oficina del paro? …Es curioso que se hayan puesto a jugar al populismo los que, en el fondo, peor pueden jugar. Se les da muy mal. Se les da muy mal ser pueblo.
Y, como escribe Luis Cárdenas: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/luis-cardenas/la-trampa-de-lo-politicamente-correcto/
Lo políticamente correcto ha dejado de ser una herramienta para combatir la discriminación y se ha vuelto poco a poco en un dogma autoritario. Ya no basta con no ofender: hay que hablar desde una plantilla emocionalmente estéril, con frases vacías que no molesten ni a los fantasmas. El resultado es un discurso domesticado, donde la incomodidad —esa chispa que a veces abre los ojos— es considerada violencia. Se castiga la incorrección, aunque diga una verdad, y se premia la corrección, aunque oculte una mentira.
Quizá la discusión no sea entre lo correcto y lo incorrecto, sino entre lo valiente y lo cobarde. Entre quienes dicen lo que piensan, aunque les cueste —y están dispuestos a escuchar las críticas— y quienes se esconden detrás de fórmulas prefabricadas, para parecer buenos o para parecer duros”.
“El problema del ‘derecho a la diferencia’ es que, en lugar de borrar los estereotipos, los consolida y termina provocando una disputa entre identidades”, asegura Caroline Fourest, profesora francesa de Ciencias Políticas, en su libro Generación ofendida. De la policía cultural a la policía del pensamiento.
Josep Cónsola
Mayo 2026





