(Y lo continuamos haciendo)
Al parecer no hemos aprendido nada, o muy poco. Dejarnos llevar por las apariencias, por el exceso de confianza, por la pereza de no realizar una radiografía que nos mostrara el fondo y no tan solo la forma, nos ha conducido mayormente a tener una visión distorsionada de los hechos.
Los discurso homologados, un molde analítico sin discusión, una verdad “científica” ante la cual cualquier discrepante ha sido reo de anatema. Así se han perdido miles de militantes, de buenos camaradas dedicados a la consecución de una sociedad distinta, al enfrentamiento con en capital.
No debemos atribuir todos los errores o dislates solamente a nuestra producción autóctona, aunque si debemos reconocer la desidia por no enfrentar con valentía todo aquello que nos resultaba sospechoso. Queramos que no la influencia, o más allá de la influencia, la orden velada de lo que deberíamos decir o hacer, ha sobrevolado todas las organizaciones que se han reclamado del comunismo “ortodoxo”, centrando la atención en la apariencia olvidando o solapando la esencia.
Marx reflexiona sobre esto: «Toda ciencia estaría de más, si la forma de manifestarse de las cosas y la esencia coinciden directamente. Las verdades científicas son siempre paradójicas, si se les mide por el rasero de la experiencia cotidiana, que solo percibe la apariencia engañosa de las cosas». (El Capital, Tomo III. FCE)
ESENCIA Y APARIENCIA
Y no solamente la ciencia sería superflua, sino las demás disciplinas sociales como la economía, la sociología, la política o la antropología social.
Siguiendo el método dialéctico del marxismo Karl Kosik escribía: “El mundo de la pseudoconcreción es un claroscuro de verdad y engaño. Su elemento propio es el doble sentido. El fenómeno muestra la esencia y, al mismo tiempo, la oculta. La esencia se manifiesta en el fenómeno, pero solo de manera inadecuada, parcialmente, en algunas de sus facetas y en ciertos aspectos. El fenómeno indica algo que no es él mismo, y existe solamente gracias a su contrario. La esencia no se da inmediatamente; es mediatizada por el fenómeno y se muestra, por tanto, en algo distinto de lo que es”
En el capitalismo, la dimensión económica, política y ético-cultural, termina por prevalecer dentro el orden social, esta es la esencia de su poder, y el discurso partidario se establece únicamente sobre el aspecto económico reivindicativo, creando mediante una sobrevaloración de las protestas en esta dirección, una apariencia de avance hacia la liberación social, engañosamente basada en una mayor capacidad de consumo impuesta precisamente por las necesidades de la producción, reproduciendo el desarrollo de la cosmovisión elaborada por el capital.
El nombre del marxismo se ha asociado a los sistemas políticos llamados de socialismo real y en nombre de algunas lecturas fragmentadas e interesadas de Marx se han erigido todos los proyectos socialistas que han surgido alrededor del planeta en los cuales, su desarrollo concreto y la imagen idealizada de ellos no ha permitido ver más allá de la apariencia.
Pero muchas preguntas quedan por responder, no sé si por vergüenza o por cobardía, y que de forma constante que se ha ido repitiendo hasta el día de hoy. Se trata de acusar o hacer responsables del desaguisado a personas concretas, todo ello para no entrar a fondo en el análisis de los errores cometidos, pues no es concebible que miles, cientos de miles, de personas militantes hayan permitido, o mejor dicho, hayan hecho suyo el discurso y la actuación de los “dirigentes” por más aberrantes o contradictorias que fueran.
Y una pregunta ¿por qué se ha permitido? Responder a esta pregunta seguramente nos pondría de cara a la pared pues el seguidismo de los discursos y la acción de los dirigentes comprometidos ya con el capital a distintos niveles, nos situaba en una posición cómoda en la cual se nos aseguraba mantener un cierto estatus social dentro de la sociedad del bienestar en el capitalismo occidental, y oponernos a ello podría significar perder algo más que las cadenas.
Y en el caso de los socialismos existentes, una cierta apatía, un cansancio y un espejo de las luces de occidente con la promesa que lucirían igual o mejor.
¿De verdad no hemos querido el capitalismo? ¿O es que solamente hemos protestado para pedir una mejor redistribución de sus ganancias?
Otra pregunta: ¿Por qué los hijos e hijas de militantes comunistas, en su inmensa mayoría, no han querido comprometerse políticamente? ¿Qué hemos hecho mal? ¿Qué valores hemos transmitido? ¿O será que al ver nuestra dedicación, a expensas de ellos, no ha fructificado o que nuestros discursos no se ciñen a una realidad por ellos constatada? ¿Les hemos preguntado? ¿O será que con más lucidez que nosotros, han visto la incoherencia de nuestro discurso y que las promesas quedaban en un vacío? ¿O será que por un lado hablábamos de comunismo y por otro los sumíamos en la sociedad del consumo?
Ejemplos sobrados de ello los podemos recoger desde los más sencillos militantes hasta los llamados dirigentes.
Y reflexionando sobre ello, debemos preguntarnos que si no hemos sido capaces de convencer y comprometer en la lucha por un proyecto revolucionario a las personas más cercanas, hijos, nietos, hermanos, maridos o esposas, ¿Cómo íbamos a convencer a gentes foráneas?
Son muchas preguntas,
Tal vez sea momento, ahora que ya se desvaneció, mejor dicho, se suicidó el glorioso intento de construcción de un país socialista, de acercarnos a una trayectoria en la cual, a partir de un momento dado, las propuestas se acercaban más que se distanciaban de la clase antagónica a nivel mundial.
Una vez destruido el sueño soviético y del socialismo este-europeo, de sus ruinas afloraron unas naciones desconocidas, con un Estado y un Partido en que los discursos que se realizaban desde las tribunas no respiraban al unísono con la mayoría de la sociedad y en particular con el proletariado trabajador.
EL TRABAJO
El trabajo alienado, base sustantiva del legado de Marx, con la teoría de la plusvalía adyacente, no ha tenido un desarrollo cualitativo que fuera capaz de romper siglos de explotación. Seguramente la percepción subjetiva de los trabajadores, pero sustentada por realidades concretas, se distanciaba totalmente del discurso político.
Discurso que se centraba en una apología de la productividad, defendida sobre la base de poder obtener más bienes de consumo, aumentando el valor de uso de las producciones, pero insertas dentro de unas coordenadas que correspondían a un modelo similar al mercado capitalista, con lo cual este valor de uso se transformaba en valor de cambio y con él la extracción de plusvalía, enmascarada con mil subterfugios.
Esta apología del trabajo, rompía todo el pensamiento de Marx expresado ya en una edad muy temprana cuando analizaba la economía francesa a medianos del siglo XIX y llegaba a la conclusión que: “Se ha calculado en Francia que, dado el actual nivel de producción, una jornada media de trabajo de cinco horas para todos los capaces de trabajar bastaría a la satisfacción de todos los intereses materiales de la sociedad”.
En sus manuscritos económico-filosóficos expresaba: “Esta gran diferencia de que los hombres trabajen mediante máquinas o como máquinas no ha sido observada… il perfectionne I’ouvrier et dégrade l’homme”.
En teoría, la llamada planificación socialista, debería romper esta dinámica y los trabajadores deberían hacer suyo todo aquello que producen, mediante su decisión en la elaboración de la planificación. Pero ésta se dejó a manos extrañas que mediante una cierta concepción de la ciencia, se realizó lo que Marx denunció: se perfeccionaron los obreros y se degradaron las personas.
En el año 1981, la editorial Ciencias Sociales de Cuba publicaba un libro con el título de “Aspectos metodológicos de la organización científica del trabajo”. Era una edición reducida de los manuales productivistas soviéticos. Al leerlo, me daba la impresión de releer el libro de Frederick Taylor Los Principios de la Administración Científica del Trabajo (Principles of Scientific Management) escrito en 1911.
Si la consideración de la organización del trabajo ha de ser igual en el sistema capitalista que en el socialista, algo no está bien definido. El método Taylor perseguía maximizar la eficiencia de la mano de obra, mayor control de tiempo en la empresa, lo que significaba mayor acumulación de capital al incrementarse la extracción de plusvalía, al mismo tiempo que desestimaba cualquier iniciativa de los trabajadores, éstos eran considerados solamente un apéndice del ingenio productivo.
Los correspondientes partidos y gobiernos que se reclamaban o reclaman del leninismo deberían tener en cuenta que dijo Lenin y sus propias contradicciones. Veamos.
Lenin había escrito en 1913, al analizar el sistema Taylor: ¿En qué consiste este ‘sistema científico’? A estrujarle al obrero tres veces más trabajo en el transcurso de la misma jornada laboral. Se hace trabajar al obrero más fuerte y hábil; se registra valiéndose de un reloj especial -en segundos y décimas de segundo- el tiempo que se invierte en cada operación, en cada movimiento; se elaboran los procedimientos de trabajo más económicos y productivos; se reproduce el trabajo del mejor obrero en una cinta cinematográfica, etc.…El resultado es que en las mismas 9 ó 10 horas de la jornada laboral se le estruja al obrero tres veces más trabajo, se dilapidan despiadadamente todas sus energías, se absorbe con triplicada rapidez cada gota de energía nerviosa y muscular del esclavo asalariado. ¿Quién se morirá antes? ¡Hay muchos esperando a las puertas de la fábrica!… El progreso de la técnica y de la ciencia es en la sociedad capitalista el progreso en el arte de estrujar sudor… Se estruja el sudor según todos los cánones de la ciencia” (Lenin. Sistema “científico” de estrujar el sudor. Publicado a “Pravda”, nº 60, 13 de marzo de 1913)
En 1914 vuelve a escribir sobre lo mismo: “El capitalismo no puede permanecer parado ni un solo instante. Tiene que avanzar y avanzar. La competencia, que se agudiza sobre todo en época de crisis, como la que estamos sufriendo, lo obliga a inventar nuevos y nuevos medios de abaratar la producción. Pero la dominación del capital convierte todos estos medios en instrumentos de opresión, cada vez mayor, del obrero. El taylorismo es uno de estos medios. (Lenin. El taylorismo es la esclavización del hombre por la maquina. Publicado “Hede Pravdi”, nº 35, el 13 de marzo de 1914)
En 1918 vuelve a escribir sobre el taylorismo pero con un giro de ciento ochenta grados: “Se tiene que poner al orden del día la aplicación práctica y el ensayo de la remuneración por unidad de trabajo realizado, el aprovechamiento de lo mucho que hay de científico y progresista en el sistema Taylor,… Hay que organizar en Rusia el estudio y la enseñanza del sistema Taylor, su experimentación y adaptación sistemáticas… Al mismo tiempo, y con el propósito de elevar la productividad del trabajo, hay que tener presentes las peculiaridades del periodo de transición del capitalismo al socialismo que reclaman, por un lado, el establecimiento de las bases de la organización socialista de la emulación y, por otro, la aplicación de medidas coercitivas para que la consigna de la dictadura del proletariado no quede empañada por un poder proletario blando en la práctica” (Lenin. Las tareas inmediatas del poder soviético. Publicado el 28 de abril de 1918 en el nº 83 de “Pravda”)
El taylorismo, igual que el fordismo, ha expresado históricamente la ofensiva del capital contra el trabajo para conseguir su disciplina. Como vía tecnológica de la represión, ha intentado e intentaba descalificar a los obreros profesionales a través de la expropiación intelectual, destruyendo así la base de sostén de su poder en el seno del proceso productivo. Lenin impulsará el estudio y la posterior utilización masiva de este recurso. Como expresara él mismo: “lo más necesario para nosotros, ahora, consiste a aprender de Europa y de los Estados Unidos”. A pesar de que, con posterioridad y en el último tercio del siglo XX, el propio capital se dio cuenta que era más rentable mantener y alentar las capacidades intelectuales de los obreros y así extraer todavía más plusvalía, dando inicio al que denominó sistema toyotista de trabajo en equipo que con varias modificaciones está vigente hoy en día, lo que se denomina “aprovechamiento del capital humano”.
La incidencia de las ideas de Taylor, se introdujeron en las directivas de los organismos de planificación soviéticos. Alexei Gastev, fue el impulsor de la Organización Científica del Trabajo en la URSS, mediante el Instituto Central del Trabajo (Tsentra Vnyi Institut Truda-TsIT ) o ZIT, creado en 1920 en el marco del Consejo Central de Sindicatos de Rusia que con Tomsky a la cabeza, apoyó tanto la creación del ZIT, como su actividad.
Gastev, interpreta que la puesta en marcha de un proyecto de racionalización del trabajo, no podía estar organizada y llevada a cabo por las instituciones de la democracia soviética ni por las masas trabajadoras, sino que era una tarea de los especialistas técnicos (spetsy), básicamente los ingenieros industriales y los expertos en management industrial. Gastev tiene una definición del taylorismo próxima a lo que Robert Linhart, en su libro “Ensayo de análisis histórico-materialista sobre el nacimiento del sistema de producción soviético”, llama “expropiación en masa en términos de conocimiento”, que supuso la creación de una nueva élite científica para la gestión de la producción “camino al comunismo”. El alcance social efectivo de esta formación es difícil de estimar. Si confiamos en las fuentes soviéticas oficiales, Gastev informa en 1929 se habían entrenado 15.000 instructores para imponer el sistema Taylor.
Las críticas al pensamiento y la actividad organizativa de Gastev, no obstante, no se hicieron esperar. Desde un cierto sector del sindicalismo que preveía el grado de explotación del obrero fabril, hasta el proceso de des-individualización y la conversión del trabajador en un número estandarizado, el ZIT, pese al apoyo oficial, debió enfrentar en la década 1920 – 1930, una serie de impugnaciones que estaban en el centro del debate soviético sobre la industrialización. Pero sobre este tema se ha corrido un tupido velo y no hemos podido conocer la influencia que tuvo en el distanciamiento entre gobernantes y gobernados.
Seguramente, uno de los errores de Lenin y de buena parte de los dirigentes soviéticos y con ellos la incorporación del taylorismo a los países del CAME fue creer que el objetivo principal del desarrollo tecnológico capitalista consiste en la máxima producción de bienes, cuando el objetivo es la reproducción del capital por medio de la producción de estos bienes, que al capital le da lo mismo que sean de uso, de cambio o de inutilidad total.
No podría decir a ciencia cierta si la aplicación del escrito de Lenin en 1918 constituyó un punto central de divergencia respecto a lo que debería ser el papel protagonista social de los trabajadores en la construcción de un nuevo tipo de sociedad. Pero ya hemos visto los resultados.
¿Será por estos antecedentes que los comunistas en los sindicatos y las empresas de nuestra sociedad occidental capitalista no se han negado radicalmente a dichas prácticas y tan solo se han preocupado de reivindicar incrementos salariales acordes a los incrementos de productividad? ¿Se han sometido los comunistas a los dictados del Dios Trabajo y Dios Consumo?
Debemos pensar en ello.
Seguramente, hubiera ayudado el estudio crítico de las elaboraciones teóricas del grupo Krisis y especialmente las aportaciones de Robert Kurz en torno al concepto de trabajo abstracto en la actualidad, pero las orejeras puestas a los afiliados a los partidos comunistas, impedían ver más allá de las consignas del momento.
Otra pregunta que pienso es obligada, debería ser el por qué del alejamiento de las masas trabajadoras más jóvenes y algo más instruidas en las nuevas tecnologías, del discurso de los partidos comunistas.
Los más aguerridos comunistas hoy plantean la jornada semanal de 35 horas. Es para echarse a reír, cuando ya he expuesto anteriormente que Karl Marx analizando la industria francesa a medianos del siglo XIX afirmaba que con cinco horas diarias ya era suficiente para proveer todo lo necesario a la sociedad.
¿Cuál ha sido nuestro quehacer político e ideológico en torno al denominado “avance científico-tecnológico” y con junto a ello el concepto mismo de trabajo hoy?
¿Ha habido en los llamados socialismos reales, una liberación del trabajo alienado, o tan solo un mimetismo del productivismo capitalista?
¿Por qué en lugar de avanzar en la revolución social se ha realizado una involución en el pensamiento social en estos países?
¿Por qué la práctica desaparición de las propuestas comunistas tan solo en el breve período de treinta años?
Seguramente tendré ocasión de profundizar más en este tema en una próxima entrega de esta serie “Algo hemos hecho mal”.
Josep Cónsola
Diciembre 2025





