…entonces me dijo la soberana Circe: ” Escucha ahora tú lo que voy a decirte y lo recordará después el dios mismo”.
«Primero llegarás a las Sirenas… Haz pasar de largo a la nave y, derritiendo cera agradable como la miel, unta los oídos de tus compañeros para que ninguno de ellos las escuche. En cambio, tú, si quieres oírlas, haz que te amarren de pies y manos, firme junto al mástil —que sujeten a este las amarras—, para que escuches complacido, la voz de las dos Sirenas; y si suplicas a tus compañeros o los ordenas que te desaten, que ellos te sujeten todavía con más cuerdas.” (Homero. Odisea. Canto XII)
Una parte del proletariado actual, sus huestes más avanzadas políticamente, navegan por los mares turbulentos del capitalismo con la firme convicción de llegar a puerto. Un puerto con nombre: Socialismo y Comunismo.
En nuestro navegar estamos rodeados de sirenas y tritones que con sus cantos melodiosos o abruptos penetran en nuestros cerebros, sin apenas darnos cuenta. Escuchamos su melodía, nos da la impresión que es tan sólo esto: una melodía, más o menos agradable.
Pero como escribía Ean Guibé, que a mitad del siglo XX fuera Subdirector del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, sobre la música de los encantadores de serpientes “Encantar un ser es, en su sentido propio, utilizar un medio mágico para producir una inversión del orden natural-, es decir, modificar su actitud habitual y normal; de allí procede el sentido figurado de ser agradable, de producir gusto. Según esto, no parecería en absoluto que el escuchar la melodía del encantador fuera agradable a las serpientes…Pero la anatomía y la psicología de estos reptiles, revelan su imposibilidad de escuchar los sonidos musicales perceptibles por el oído humano. Sin querer entrar en detalles de estructura demasiado técnica… La sordera de las serpientes no debe tomarse en un sentido absoluto; al contrario, son muy sensibles a las menores vibraciones que se transmitan por el suelo. Esto se puede confirmar puesto que el violín y la flauta, instrumentos de tonalidad relativamente aguda, producen vibraciones particulares más allá de la gama auditiva por el oído humano, pero susceptible de impresionar los órganos acústicos de las serpientes”. https://www.sogeocol.edu.co/documentos/072_enc_la_mus_a_las_ser.pdf
De todo ello han aprendido las modernas sirenas y tritones, cuyo canto han ido modulando para hacerlo más perceptible a nuestros oídos y ya sea a base de sonidos o vibraciones hemos caído en un encanto: Lo que ofrece el capitalismo no ha sido capaz de ofrecerlo el socialismo. Pero no tan solo hemos caído en este encanto sino que en vez de deshacernos de él, hemos exigido mejorarlo.
La lectura, antaño pieza fundamental para el encanto, ha ido perdiendo su magia, aunque era la base para la reflexión y la toma de decisiones. De la lectura se pasó al campo visual con la televisión y las artes escénicas como sustitutas de la lectura, más fáciles de digerir, y aunque su percepción auditiva fuera menguante se trocaba por luces y colores que en continuo movimiento no dejaban tiempo para pensar. Era el nuevo encanto del siglo XX.
Avanzando en el tiempo, aumentando un cierto descontento sobre el poder mágico de las imágenes en movimiento de larga duración, las sirenas y tritones encontraron nuevas fórmulas para el encantamiento. La masiva difusión de la cultura de Internet, con imágenes de poquísima duración y unas frases esperpénticas y a veces ininteligibles que las acompañan, han sido la fórmula, al igual que los encantadores de serpientes, que sabiendo su sordera utilizan sus ingenios acústicos que emiten unas vibraciones inaudibles para los humanos.
De este modo han aprendido las modernas sirenas y tritones a cambiar sus melodías por un amasijo de ondas sonoras y visuales que facilitan el encantamiento y con él, la mansedumbre.
Aunque sirenas y tritones son pocos, son astutos y saben cómo tejer sus redes en un símil de las arañas, que Wilhelm Liebknecht caracterizaba en su cuento “Arañas y moscas”, en el cual las arañas eran pocas pero tenían unas redes en las que una a una, quedaban atrapadas las moscas, pero si un día las moscas, que eran muchas, se lanzaban sobre la telaraña, ésta no resistiría el embate.
“…Qué terribles tragedias registra la vieja historia de la lucha entre las débiles y tímidas moscas y las crueles y sanguinarias arañas! ¡Es esa una historia de sangre y sufrimientos! Pero, ¿a qué narrarla otra vez? Lo pasado, pasado está. Hablemos del presente y del futuro. Fijémonos mejor en la lucha que despliegan en nuestros tiempos las moscas contra las arañas, analicemos las condiciones en que se desarrolla, estudiemos nosotros, las moscas, la estructura de las redes que de nuevo tienden contra nosotros nuestros enemigos, procuremos adivinar sus trampas y, sobre todo, unámonos, pues cada uno por separado somos demasiado débiles para romper las telarañas que nos envuelven. Rompamos las cadenas que nos traban, arrojemos a nuestro enemigo de sus guaridas.
¡Ay, moscas, moscas! ¡Si quisieran serían invencibles! Cierto que las arañas son todavía fuertes, pero son pocas; cierto que ustedes, moscas, no tienen ni peso ni influencia, pero su número es infinito; son la vida.”
Los proletarios del siglo XIX y principios del XX conocían más la metáfora de Wilhelm Liebknecht que el Manifiesto Comunista. Tal vez deberíamos aprender a simplificar nuestras melodías, que no significa perder su tono sino hacerlo auditivo a los oídos de un proletariado al cual, deberíamos elaborar políticamente una moderna mezcla de cera y miel para taponar los oídos ante los cantos de sirenas y tritones.
Demasiado a menudo, y con buena intención, elaboramos discursos escritos de larga duración sobre todo lo humano y divino, analizamos los grandes acontecimientos geopolíticos, tomamos partido por uno u otro príncipe contendiente sin tener en cuenta que en sus batallas quienes mueren son proletarios que han sucumbido a los encantos mágicos de raza, tierra, patria,… cuando en realidad no son más subterfugios para el mantenimiento en el poder de las arañas de Liebknecht, en cuyas telarañas quedan atrapados, uno a uno, los proletarios desorientados por los cantos mágicos.
Heroísmo, patriotismo, forman parte de estos cantos, en un momento histórico en el que no hay héroes ni patrias, solamente armas y capitales circulantes de una punta a otra del planeta para apoderarse de cuantas riquezas quedan o para destruir posibles competidores.
¿De qué patria puede hablarse cuando sus riquezas son utilizadas allende sus fronteras para beneficio de unas élites, tanto foráneas como autóctonas?
¿De qué heroísmo podemos hablar cuando las decisiones no recaen en los combatientes, sino en unas minorías privilegiadas que negocian, utilizando los cuerpos ensangrentados de los proletarios como mercancías, mientras viven en mullidas estancias alejadas de los frentes de guerra?
Las melodías y vibraciones que llegan a nuestros cerebros hablan de buenos y malos, de demócratas y totalitarios, pero no es audible ninguna melodía que anteponga los intereses del proletariado. Debemos crear esta melodía, a costa de lo que sea. A costa de destruir los instrumentos con los que nos encantan, a costa de destruir a los que tañen dichos instrumentos.
Y, tal vez así suenen melodías cuyas letras sean hermanadas con las de La Internacional, con las de A las Barricadas, con las del llamamiento final escrito en el Manifiesto Comunista. Unas letras que llamen a los proletarios del mundo a no disparar contra sus hermanos de otros países, a imitar los marineros del acorazado Potemkin y dirigir sus cañones hacia sus respectivas clases dominantes. Solo así se puede conseguir la ansiada paz y empezar la construcción de los cimientos de una nueva sociedad.
Entonces podremos hablar de héroes cuyo heroísmo será el de forjadores de esta nueva sociedad; y podremos hablar de patria cuando esté libre de los que la utilizan como moneda de cambio a mayor gloria del capital.
Josep Cónsola
Febrero 2026





