DE LA IDENTIFICACIÓN AL ANONIMATO

El 13 de enero de 1961, Claude Eatherly, quien había piloteado el avión de reconocimiento que dio el visto bueno al lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, fue declarado “enfermo mental. Falleció el 1 de julio de 1978.

Günter Anders, le escribió una primera carta, con el nombre de Carta al Piloto de Hiroshima, a la cual le siguió una larga correspondencia. De esta primera carta, cabe resaltar algunos fragmentos:

…La tecnificación de la existencia, esto es, el hecho de que todos nosotros, sin saberlo e indirectamente, cual piezas de una máquina, podríamos vernos implicados en acciones cuyos efectos seríamos incapaces de prever y que, de poder preverlos, no podríamos aprobar. Esta tecnificación ha cambiado toda nuestra situación moral. La técnica ha traído consigo la posibilidad de que seamos inocentemente culpables de una forma que no existió en los tiempos de nuestros padres, cuando la técnica todavía no había avanzado tanto.

…El que precisamente usted, y no cualquier otro de entre sus miles de millones de contemporáneos, se haya visto condenado a ser un símbolo, no es culpa suya, y es ciertamente horrible. Pero así es

…Todos nosotros hemos de vivir en esta época, por lo que en cualquier momento podemos volvernos culpables;

…El que consuela dice siempre: “No es para tanto”, esto es, intenta restar importancia al sufrimiento o al sentimiento de culpa del otro, e incluso exorcizarlo con palabras. Esto es precisamente lo que, por ejemplo, intentan sus médicos. No es difícil adivinar por qué actúan así. A fin de cuentas, estos hombres son empleados de un hospital militar a los que no les convendría condenar moralmente una acción militar que goza de un reconocimiento y un elogio generales.

…El método habitual para hacer frente a aquello que es demasiado grande consiste en una maniobra de ocultación: en seguir viviendo exactamente como se vivía antes; en retirar lo sucedido de la mesa de la vida, de modo que la culpa demasiado  rande no se viva como culpa alguna. Consiste, pues, en querer superar algo sin intentar hacerle frente. Como hace, por ejemplo, su camarada y compatriota Joe Stiborik, el responsable del radar del Enola Gay, al que gustan de ponerle a usted como ejemplo, pues este hombre sigue viviendo con optimismo y explica con muy buen humor que “se trató simplemente de una bomba, sólo que un poco más grande”.

En el plazo de ochenta años, muchas cosas han cambiado.

“Muchos de los avances tecnológicos del mundo en las últimas décadas han tenido un importante papel en el conflicto, como los drones, la guerra definida por software e IA y la tecnología espacial, así como la guerra cibernética… Los gobiernos deben prepararse para el carácter facilitador de las nuevas tecnologías en la asistencia informal a la seguridad, y reconocer que controlar y encauzar la participación personal de la población será un reto clave en los futuros conflictos”https://ecfr.eu/madrid/publication/star-tech-enterprise-tecnologias-emergentes-en-la-guerra-rusa-contra-ucrania/

En un ordenador se introducen las coordenadas de un edificio, de una persona identificada por medio de su teléfono, y mediante una red de satélites (Starlink u otros), se programa la trayectoria de un misil para que detone en el lugar exacto y destruya o aniquile. Tosa esta operación se realiza a cientos o miles de kilómetros de distancia del teatro de operaciones, y los autores, anónimos, se limitan a pulsar el botón ENTER para que la operación se realice, para seguidamente ir a reposar en el calor familiar.

Sin ningún tipo de remordimiento como el causado a Claude Eatherly que desde el avión, vio la magnitud de la tragedia. Los autores tenían nombres y apellidos y eran la personificación de la muerte, justificada por la “obediencia debida.

¿Qué diferencia hay entre los militares nazis que introducían el gas ZyklonB en las cámaras de gas de los campos de concentración; con los aviadores que lanzaron las bombas atómicas sobre la población civil; o con los técnicos informáticos que pulsan el botón ENTER para poner en marcha el programa de IA para destruir ciudades y miles de personas?

Algunos militares alemanes con nombres y apellidos se sentaron en el banquillo de los acusados, los aviadores norteamericanos con nombres y apellidos obtuvieron un gran reconocimiento y fueron laureados; pero los científicos informáticos que programan la muerte a distancia no tienen nombres ni apellidos: son anónimos, pero el resultado de sus acciones son equivalentes a la introducción de ZiklonB o el lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima, el lanzamiento de fósforo blanco y agente naranja sobre los campos de Vietnam, o las bombas radioactivas de uranio empobrecido como las que se esparcieron sobre Serbia o Irak.

Si en los dos primeros casos se trataba de personas del ámbito militar que se escudaban en la “obediencia debida”, los científicos que utilizan sus conocimientos para los mismos objetivos ¿Pueden escudarse bajo el mismo paraguas?

En otras ocasiones he hecho mención de la ciencia negando el carácter neutro de la misma, situando la dicotomía ciencia burguesa versus ciencia proletaria. La ciencia está cargada de ideología y ésta puede ponerse al servicio de los intereses espurios del capital o ponerse al servicio de la mayoría de la humanidad: el proletariado.

A partir de estos supuestos, si hace un siglo los revolucionarios hacían un llamamiento a los soldados para que abandonaran el frente de batalla y se negaran a ser la carne de cañón en la defensa de unos intereses que no eran los suyos, hoy, además, este llamamiento debemos ampliarlo a los científicos que no hayan abandonado todavía un atisbo de ética.

¿NO IREMOS A LA GUERRA?

Todo el discurso sobre el incremento de los “gastos de defensa” de los países de la UE, se justifican sobre la base de una “probable” invasión rusa, china o iraní. Es una falacia.

¿Por qué?

Una primera respuesta es porque ya no se sabe que producir. Y no se sabe debido a que una gran parte del tejido productivo se ha externalizado hacia terceros países cuyo índice técnico era inferior al europeo pero las condiciones contractuales de trabajo rayaban la esclavitud. Pero en pocos años, China, India, sudeste asiático… han superado el índice técnico europeo.

Maquinaria, bienes de equipo, bienes de consumo y los últimos avances tecnológicos provienen de estos países, así como una gran cantidad de los llamados “científicos”.

Se está creando una situación explosiva: no hay trabajo, a no ser el subtrabajo de atención a las personas, limpieza, restauración…, y la calandria corre el peligro de pararse. Es preciso que la calandria social continúe en movimiento, pero a costa de producir un “no producto”. Y ¿cuál puede ser este “no producto”? Pues el armamento.

Y así se invierten miles de millones para fabricar un producto que solamente sirve para la guerra, y cuando ésta no está a la vista, por más que se empeñe el capital, es cuando otros “científicos” sociales egresados de las facultades de historia, sociología y psicología, fabrican la idea de la misma para convencer al conjunto de la sociedad que se está en peligro permanente: elaboran artificialmente el miedo que tal como lo define el Diccionario de la RAE, “El miedo, es “Una angustia por un riesgo o daño real o imaginario”.

Ya Johann Wolfgang Goethe, en 1791, escribía en el aforismo El hombre que siente miedo: “El hombre que siente miedo sin peligro, inventa el peligro para justificar su miedo”.

Como buena práctica de propaganda primero se articula una campaña sobre la necesidad de consumo, esperando que exista una demanda para el producto anunciado. Se recaba datos, encuestas de opinión,  sobre los supuestos beneficios del producto, se preparan algunas muestras del mismo, se reparten folletos a todo color; se sugiere que el producto es mejor que cualquiera otro de la competencia, y cuando las encuestas ya presuponen una aceptación, se fabrica en grandes cantidades.

Al mismo tiempo se lanza una campaña de respaldo social, anunciando miles de puestos de trabajo que se van a crear y el beneficio que supone para la sociedad, aunque el producto sea de una inutilidad total, o peor, que tenga unos efectos secundarios mortales. La encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas de julio del 2022 realizaba la siguiente pregunta: “Tal y como se están desarrollando los acontecimientos internacionales en los últimos años, ¿cree Ud. que, para los intereses de nuestro país, la pertenencia a la OTAN ha sido muy positiva, bastante positiva, bastante negativa o muy negativa?” Las respuestas fueron de un 27,2% “muy positiva” y un 46,7% de “bastante positiva” (total de ambas respuestas un 73,9%) https://www.cis.es/documents/d/cis/es3371sdmt_a

El proletariado precario aplaude la creación de puestos de trabajo, sin importar lo que se produzca. Seguramente se articulará alguna protesta callejera, alguna manifestación, alguna pancarta y miles de mensajes vía WhatsApp. Pero dicha protesta no articula la paralización, el bloqueo ni la destrucción de las empresas de armamento, con lo cual de poco sirven las algaradas callejeras frente al Congreso de los Diputados pues allá no se fabrican armas, tan solo es un esperpéntico circo parlamentario en el cual Sus Señorías se entretienen en un rife-rafe, en el cual  los llamados “progresistas” alegan que si se dedica un gran presupuesto a la industria militar se van a recortar los presupuestos sociales. Pero de no ser así, están de acuerdo con el incremento del presupuesto militar.

Los llamados “conservadores”, están de acuerdo con el incremento presupuestario militar, pero no por la vía del Decreto, sino a través del debate en el Pleno del Congreso, así podrán disponer de una tribuna para decir sandeces.

¿No iremos a la guerra? Ningún país de la Unión Europea se atreverá a una movilización forzosa de sus ciudadanos para llevarlos a una muerte segura, es demasiado lo que poseen y lo que pueden perder, que no es tan sólo “las cadenas”. El ejemplo de ello es la “movilización” estilo sueco donde los llamados al servicio militar no tienen  previsto ir a ningún frente de batalla, sino servicios auxiliares en la retaguardia. De todos modos todos los países de la UE disponen de contingentes mercenarios, los cuales si pueden enviar a realizar cualquier aventura militar.

El mercenariato irá en aumento a medida que se deterioren las condiciones de vida de acuerdo a las normas sociales imperantes. No es que sea la única manera de comer, puesto que en las sociedades ricas este no es el problema. El mercenariato se nutre de dos tipos de personas, unos atraídos por las promesas de ascenso social mediante el incremento de los ingresos, y otro tipo de personas que ideológicamente coinciden con las estructuras de poder.

¿No iremos a la guerra? No iremos mientras podamos “disfrutar” de ella a través de las pantallas televisivas, recostados en mullidos sofás y con una cerveza en la mano. Este nuevo tipo de espectáculo, repetitivo, en el cual visionar bombardeos, destrucción, lamentos, muertos y heridos, se hace habitual mediante los mercenarios periodísticos que, en un alarde tecnológico, escogen, manipulan, tergiversan imágenes para atraer la opinión de los televidentes hacia las metas propuestas por el capital, que se basa en la normalización de la muerte pero “fuera” de nuestras fronteras, de los muros que protegen nuestras sociedades ricas.

Dentro de nuestros recintos amurallados conviven, junto a un proletariado desorientado, una cohorte  de científicos de todas las ramas del saber: Historia, sociología, psicología, física, química, matemáticas…, cuyas guaridas son los recintos universitarios, sin distinción de si son públicos o privados, pues los contenidos curriculares de todas las especialidades siguen un mismo patrón.

La lucha de clases está arrinconada, para no decir en gran declive, y se ha cambiado por una “lucha entre culturas”. En este nuevo frente tratan de aglutinar alrededor de “una cultura” todas las clases sociales y dicha “cultura” trasciende las fronteras nacionales que daban a cada una. La destrucción de éstas mediante la “multiculturalidad” remite a la destrucción de las identidades nacionales que daban cohesión al proletariado, o a una parte significativa del mismo; y un alineamiento con una “cultura” prefabricada por los científicos de los centros políticos dominantes, a los cuales se adhiere una mayoría social.

Y, mediante esta adhesión, sin ser conscientes de ello, ya estamos yendo a la guerra. O sea que el discurso de “no a la guerra” queda en un estrepitoso vacío que solamente reorganizando el nuevo proletariado se puede llenar.

La guerra actual no se dirime entre dos expectativas de construcción social, cultural, económica y política totalmente divergentes, se trata de una reordenación territorial intercapitalista necesaria para llevar a buen puerto el anuncio de la “Cuarta Revolución Industrial” meta de los ideólogos del Foro Económico Mundial. Se trata del establecimiento de espacios de dominio territorial y comercial ante una situación de exceso de capacidad productiva y afán de controlar tanto los flujos comerciales como las fuentes de materias primas.

Solamente intensificando la lucha de clases en el interior de cada nación, utilizando cualquier método a nuestro alcance, debilitando el papel de los respectivos capitales nacionales en el entramado mundial, podremos vislumbrar y hacer efectivo el “no a la guerra”. Tal vez deberíamos retomar el concepto de “revolucionarios profesionales”, en clandestinidad si fuere preciso,  para disponer de un “frente clasista” para enfrentar los crímenes del capital.

Tal como escribía Günter Anders en “Estado de necesidad y legítima defensa”, no podemos ir con flores y nomeolvides a las protestas, pues los agentes represivos no podrán cogerlas ya que tienen las manos ocupadas por los garrotes y las armas. Y, qué duda cabe que el proletariado se encuentra en “estado de necesidad”. Pensemos en ello y dediquemos recursos y tiempo a la reorganización proletaria. Organización que debe tener en cuenta las nuevas construcciones sociales que en nada se parecen a las existentes a principios del siglo XX.

 

Josep Cónsola

Marzo 2026