ALGO HEMOS HECHO MAL (1)

El tiempo, al envejecer, todo lo enseña. (Esquilo. Prometeo encadenado)

Hoy sabemos que el capitalismo no solo ha sobrevivido, sino que se ha   reforzado, en y a través de crisis, revoluciones, insurrecciones, guerras y pandemias. La expansión capitalista y su atrincheramiento en medio de la crisis y el descontento; esa es nuestra coyuntura, y nos invita a formular una   pregunta importante: ¿Cómo consigue el capital mantener su agarre sobre la vida social?  ¿Cómo es siquiera posible que un orden tan volátil y hostil a la vida pueda durar siglos? ¿Por qué no ha colapsado todavía el capital? (Søren Mau)

 

Un extenso análisis del filósofo comunista Søren Mau, nos tiene que hacer reflexionar sobre el poder del capital cuando lo define como la capacidad para imponer su lógica en la vida social, siguiendo a Marx que ya había advertido que el capital no era solamente dinero, tierra y maquinaria, sino que lo interpretaba como la imposición del conjunto de relaciones sociales en una escala siempre creciente.

En anteriores escritos he intentado situar una reflexión en torno al Poder, para diferenciarlo del Gobierno, y con ello poner en evidencia que la consigna  “toma del poder” quedaba vacía de contenido si tenía como objetivo el cambio de un gobierno conservador o reaccionario por otro compuesto por gentes que se autodenominaban comunistas y con un soporte político caracterizado por un partido comunista.

Seiscientos años de capitalismo, preñado de guerras, crisis, desastres, asesinatos, robos, riquezas, miserias…, ha sido un largo período para aprender como continuar, a pesar de estos desastres, la acumulación de capital al mismo tiempo que destruir los saberes y culturas populares,  mutándolos por otros con capacidad para imponer una cosmovisión acorde a las expectativas de la acumulación, la hegemonía y el Poder.

Los intentos de formación de un tipo de sociedad distinta en la cual se rompieran los lazos que mantenían aprisionada la sociedad, han sido efímeros. Ni tan solo un siglo ha durado el experimento más largo, los demás apenas diez lustros. Aunque hoy mantienen  en su discurso, unas perspectivas distintas que no se constatan en la práctica, un par de estados-nación.

¿Por qué ha sido tan difícil mantener una coherencia entre la teoría y la práctica, entre lo que se dice y lo que se hace? ¿O, es que se minusvaloró el poder del capital y su experiencia histórica?

Al parecer todo estaba escrito y determinado: Un partido comunista, un acto revolucionario, un derrocamiento del gobierno, una construcción socialista basada en una dictadura del proletariado, una meta final, el comunismo. Y la afirmación solemne que era imposible una vuelta atrás.

Pero ha habido una vuelta atrás, o ¿tal vez nunca se pudo sobrepasar al capital?

El Ché opinaba sobre los peligros que acechaban la construcción del socialismo que se conocía, el de la URSS y demás países socialistas, y así lo escribía el 12 de marzo de 1965 en el texto dirigido a Carlos Quijano, director del semanario Marcha de Montevideo: “Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etc.), se puede llegar a un callejón sin salida. Y se llega allí tras de recorrer una larga distancia en la que los caminos se entrecruzan muchas veces y dónde es difícil percibir el momento en que se equivocó la ruta”

El lema de “emulación económica en coexistencia pacífica” que llevaba implícita la renuncia a un escenario de lucha de clases a nivel internacional, a partir de una supuesta superioridad técnica y económica, difundida a pies juntillas por todos los partidos comunistas, no era otra cosa que una llamada a esta vuelta atrás. El discurso sobre el socialismo que aseguraba las necesidades en cuanto a un trabajo, unos ingresos, una escuela, un sistema sanitario, un techo y prometía un futuro pleno de cosas materiales, olvidaba que dichas necesidades ordenadas por “el Partido”, no tenían en cuenta que el concepto de necesidad no es estático, sino dinámico, y no se ha tenido en cuenta la reflexión de Marx en Trabajo asalariado y capital cuando anota que “Sea grande o pequeña una casa, mientras las que la rodean son también pequeñas cumple todas las exigencias sociales de una vivienda, pero, si junto a una casa pequeña surge un palacio, la que hasta entonces era casa se encoge hasta quedar convertida en una choza… Un aumento sensible del salario presupone un crecimiento veloz del capital productivo. A su vez, este veloz crecimiento del capital productivo provoca un desarrollo no menos veloz de riquezas, de lujo, de necesidades y goces sociales. Por tanto, aunque los goces del obrero hayan aumentado, la satisfacción social que producen es ahora menor, comparada con los goces mayores del capitalista, inasequibles para el obrero, y con el nivel de desarrollo de la sociedad en general… Nuestras necesidades y nuestros goces tienen su fuente en la sociedad y los medimos, consiguientemente, por ella, y no por los objetos con que los satisfacemos. Y como tienen carácter social, son siempre relativos”.

Satisfacción y necesidad pueden ser términos antagónicos, se puede estar satisfecho necesitando poco y estar agobiado por un delirio de consumo apreciando éste como necesidad.

Una realidad ha sido que los comunistas hemos sido abanderado en las luchas reivindicativas tanto en materia económica (convenios colectivos, salarios…) como en prestaciones sociales (educación, sanidad…) y lo hemos defendido y argumentado sobre la base de que la incorporación de los trabajadores a estas luchas aumentaría su sentimiento de pertenencia a una clase social y con ello un salto cualitativo que haría incrementar las filas del movimiento comunista.

Pero paralelamente no hemos sido abanderados en relación a reivindicar el control de la producción, ni en cantidad ni en calidad. Así como tampoco hemos cuestionado los contenidos curriculares y el concepto de salud. Nos hemos limitado a pedir o exigir “más de lo mismo”. En definitiva una reivindicación para incrementar el consumo, convirtiendo dicho consumo como un pilar básico de la producción tendente a incrementar la percepción de necesidad, lo cual no ha estado mal visto por el capital.

Sin quererlo, ni saberlo nos hemos convertido en unos modernos Hermes, mensajeros del Dios Capital ante el cual, vale la pena recordar a Esquilo, el cual, en su tragedia hace hablar a Prometeo dirigiéndose a Hermes: ““No cambiaría, sábelo bien, mi desgracia por tu servil condición. Es mejor, creo, estar esclavizado a esta roca que ser el fiel mensajero del padre Zeus”.

Edgardo Lander, en una de sus consideraciones del texto Contribución a la crítica del marxismo realmente existente, nos dice los siguiente: “Si comparamos la ciencia soviética con la ciencia occidental, no en términos de discursos filosóficos o de sus intencionalidades coyunturales, SINO EN TÉRMINOS DE SU PRÁCTICA, de su articulación con el resto de las actividades e instituciones de las respectivas sociedades y en términos de sus resultados, podemos llegar a la conclusión de que ha sido mucho más lo que han tenido en común que lo que las ha separado… La ciencia proletaria está ausente del discurso científico y filosófico contemporáneo. Los debates soviéticos se limitan al terreno de la interpretación filosófica de los RESULTADOS de la ciencia”.

Y dicho resultado ha sido la creación de una tecnología de la conducta, la cual ha menospreciado cualquier percepción subjetiva que pudiera “poner en peligro” los dogmas deterministas, creando de este modo una divergencia cada vez mayor entre dirigentes y dirigidos, entre las cúspides del gobierno y/o del partido y la mayoría del proletariado.

Mientras el espejismo de una sociedad alejada y desconocida, se ha trasladado, como en sueños, a la nuestra, sin tener en cuenta y menospreciando el papel estructurador  del capital en aquellas sociedades, corriendo un tupido velo sobre las enormes contradicciones en las que convivían, al amparo de unas consignas, cada vez más alejadas de una confrontación con el Poder real de la clase dominante.

Seguramente el papel que hemos representado ha sido el de una confrontación “democrática” para obtener una mejor distribución de la plusvalía generada, sin poner en tela de juicio la misma plusvalía. En anteriores ocasiones he afirmado que el capital jamás gasta, solamente invierte, con la perspectiva de incrementar su inversión aun con el riesgo de que dicha inversión resulte fracasada.

Es esta inversión del capital, que caeríamos en un error si la contemplásemos  como acciones en la Bolsa, edificios y maquinarias solamente; y dejáramos a un lado “el modo de vida” y la relación social con un contenido cultural a medida de la revalorización del capital, que constituye una clave de bóveda que mantiene el poder a pesar de los continuos vaivenes.

Grandes inversiones en asistencia social ya sea pública o privada, en medios de comunicación ya sean públicos o privados; en alienantes espectáculos masivos; en propaganda para el consumo ya sea para gente adinerada o sencilla, para que continuar. Todo un entramado a imagen y semejanza del modo de vida americano, el “American way of Life”.

Si contemplamos la evolución y relación entre salarios y consumo tan solo desde 2012 a 2015 según el Banco de España, tenemos la siguiente tabla.

Pero no es que esta divergencia sea algo novedoso o coyuntural de este breve período temporal. Tiene su origen en la llamada Tercera Revolución Industrial de los años 80 del siglo XX, con su ola de reestructuraciones y deslocalizaciones industriales, que en el siguiente gráfico podemos apreciar un período temporal que abarca desde 1960 hasta el momento de la llamada burbuja financiera de 2008, en el cual la relación y proporción de los salarios y el consumo en relación al producto Interior Bruto de Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón es algo esperpéntico ya que los salarios pasan de representar casi un 66% del PIB a un 61%, mientras que el consumo pasa de un 64% a casi el 72%.

¿Cómo se entiende esto?

Se puede entender como uno de los mecanismos de la citada revolución industrial, en el contexto de superación de una de las crisis del capital, cuyo resultado no fue otro que una reorganización del capital y del Poder para iniciar un nuevo ciclo.

Dicho mecanismo, ya existente, pero limitado, se extendió como la pólvora al conjunto de la población del llamado occidente mediante una enorme campaña propagandística en la que se invirtieron millones, para que se acudiera al crédito a pesar de la caída salarial. Nuevos productos fruto de la creación artificial de nuevas necesidades fue uno de los detonantes del mantenimiento e incremento de las producciones, ante lo cual el proletariado occidental se puso a aplaudir la creación de nuevos empleos.

Los comunistas, ante los declives salariales, propugnábamos la lucha sindical y política para conseguir incrementos salariales. Incrementos salariales que por un lado incrementaban el consumo superfluo y por otro lado eran robados por la banca mediante sustanciosas comisiones. Seguramente, sin ser conscientes de ello, colaborábamos en la magna operación del capital. Tal vez si en lugar de reivindicar un rebaje de los porcentajes de los créditos y un incremento salarial para pagarlos, hubiéramos desmantelado públicamente esta magna operación y hubiéramos denunciado y negado la benevolencia de la política crediticia, dentro de una campaña educativa para el conjunto del proletariado, tal vez hubiera tenido como resultado un incremento de la conciencia de clase del mismo.

Uno de los resultados fue un desmantelamiento ideológico del proletariado occidental, incluidos los comunistas. Otro de los resultados fue la utilización del crédito bancario para desvalorizar las pertenencias de los hogares, de golpe todo se convirtió en viejo, obsoleto  y se debía cambiar. Neveras, lavadoras, mobiliario, vehículo, complementos inútiles, vacaciones, todo a crédito y a mayor gloria del capital. Pero también la vivienda, el hogar se volvió obsoleto, el barrio donde se había vivido se convirtió en algo desagradable, y la fiebre de las hipotecas arrastró a una parte importante del proletariado, al mismo tiempo que se autodestruían las estructuras vecinales.

Los comunistas nos dejamos arrastrar por las políticas económicas del capital con todo su bagaje ideológico, dejándonos arrastrar por las reivindicaciones sindicales y olvidando lo que tendía que ser el ABC de cualquier partido comunista: la formación política e ideológica que enfrentara el gran despliegue desinformativo de los medios de comunicación del capital. Y esta tarea pensada desde la más tierna infancia, pero en lugar de exigir un cambio radical en los contenidos curriculares escolares, nos dedicábamos a exigir que los edificios de enseñanza tuvieran todas las comodidades.

Tal vez, a modo de ilustración, deberíamos recordar al poeta hondureño Roberto Sosa que con sus  versos sencillos desprovistos de todo adorno innecesario, hablan directo al proletariado de su patria y del mundo. A un proletariado que con su mayoría no ha tomado consciencia de que tiene  el poder de acabar con las injusticias. Un llamamiento que se plasma en toda su obra pero que tal vez los siguientes versos lo condensan.

No nos  bañaremos  jamás en las aguas de la injusticia,

Ni cambiaremos la libertad

Por todos los disfraces  luminosos y la superficie sin fin de la calma

Que el oro promete.

 

Por todo ello

Heredaremos  el traje de un mendigo,

Cuyo valor

Ninguno podrá pagar

Transcurridos muchísimos años.

 

 

Josep Cónsola

Diciembre 2025

 

(Continuará)