Nuestra principal actividad no es cultural sino económica, o mejor dicho, la cultura entra también en el consumo. Es la causa por la cual la cultura en nuestra sociedad se convierte en algo secundario. (Rodolfo Kusch. Geocultura del hombre americano)
La cultura dentro de una sociedad dividida en clases tiene necesariamente un carácter de clase. La orientación de su desarrollo está mayormente determinada por los intereses de la clase dominante. Resulta necesario, por tanto, delimitar los conceptos de “cultura en la sociedad capitalista” y “cultura del capital” (o sea, cultura de la clase dominante). Y dentro de esta sociedad entran en contradicción, dos concepciones distintas que podemos enmarcarlas en la lucha de clases.
Así como algunos aspectos de esta lucha aparecen con cierta claridad y que responden a la exigencia sobre la redistribución de beneficios derivados de la extracción de plusvalía (luchas reivindicativas salariales), relacionadas con unas mayores aspiraciones de consumo, otras quedan soterradas u olvidadas. Son las que podemos denominar “culturales”, o peor, cuando se reivindica una mayor prestación de la cultura de forma abstracta, sin tener en cuenta que se trata de la cultura de la clase dominante.
En esta lucha, la clase dominante utiliza medios tales como la escuela, la ciencia, la prensa, las artes, el deporte, la represión, etc., para lograr sus objetivos. La cultura humana de los últimos milenios ha estado marcada por las diferentes modalidades de la lucha de clases y lo seguirá estando mientras estas subsisten.
Una mayoría de lo que podríamos denominar progresismo alega que la cultura no tiene nada que ver con la lucha de clases, que es un patrimonio universal siguiendo las tesis de Kant y de los globalistas, basadas en el cosmopolitismo. Aunque también dentro de los marxistas, esta corriente se propagó durante el siglo XX.
El cosmopolitismo oscurece su discurso alegando que cualquier ser humano tiene el universo como patria (la unidad del género humano) en el que no aparecen las clases sociales, incluso haciendo suyo el lema con el que finaliza el Manifiesto Comunista (Proletarios de todos los países, Uníos), manipulando dicho lema, trastocando el concepto “Proletario” por el de “cualquier ser humano”, y en base a ello la renuncia o tergiversación de las culturas populares nacionales, derivadas de la memoria política basada en la resistencia ante los diversos poderes: del Estado, de las Iglesias, de la economía, de la represión, de las respectivas burguesías,… para recordar alguna victoria y las muchas derrotas sufridas. Y, en base a ello hay algo que los comunistas debemos apreciar: Que las fronteras, simbólicas y geográficas, deben ser respetadas para que la integridad cultural proletaria pueda sobrevivir.
Como alude Renato Ortiz en su obra Diversidad Cultural y Cosmopolitismo: “Ante el surgimiento de una sociedad globalizada, la nación pierde su preeminencia para ordenar las relaciones sociales. Su territorio es atravesado por fuerzas que la trascienden. Las formaciones nacionales se constituyen ahora en diversidades lo que significa que las culturas nacionales adquieren un peso relativo. Pasan a ser consideradas en el ámbito de las otras diversidades existentes”.
Todo este entramado nos conduce a la “Deculturación”, concepto que se especifica en un interesante escrito de Ecured. Noción que alude al proceso que provoca la pérdida de la identidad cultural mientras se adapta a otra cultura distinta. La deculturación, por lo tanto, se desarrolla cuando un sujeto o una comunidad van perdiendo sus características culturales de manera paulatina en el marco de su adaptación a una cultura diferente.
Lo habitual es que haya una cultura dominante que se imponga sobre la otra haciendo uso de diversos mecanismos, entre ellos los de más impacto son el sistema educativo, el lenguaje y los medios de comunicación, que a veces van aparejados con la prohibición o la imposición. Ejemplos de ese fenómeno que nos ocupan son, como hemos conocido a lo largo de la historia, desde sustituir parcial o totalmente la lengua que se venía utilizando por otra, hasta modificar por completo las maneras de alimentarse e incluso de vestir.
Se adoptan lenguajes, costumbres y tradiciones foráneas, que en el caso de nuestro país introducen los rasgos anglosajones: el idioma inglés, músicas y comportamientos anglosajones, las manifestaciones religiosas derivadas de sus múltiples congregaciones, convirtiendo su música sacra (Gospel ), en una fotografía de progresismo tercermundista, etc.
El cosmopolitismo lleva aparejada la interculturalidad en un proceso para la gestión de ciudadanía para el siglo XXI y tiene antecedentes en los modelos de comunicación de masas en los Estados Unidos en la década de 1950.
La teoría culturológica es una teoría de la comunicación creada en la década de 1960, principalmente de la obra de Edgar Morín, el cual manifiesta que la cultura de masas se compone de un conjunto de “símbolos, valores, mitos e imágenes referidos tanto a la vida práctica como a lo imaginario colectivo: sin embargo no es el único sistema cultural de las sociedades contemporáneas”.
Se considera que el consumo de productos culturales, se realiza a partir de formas ficticias y da lugar a una “cultura de dobles que viven en nombre nuestro”. En este sentido, Mauro Wolf en su “Teoría crítica de la comunicación”, advierte de que la cultura de masas impone unas nuevas necesidades a nivel individual que diluye la familia o la clase social.
En el proceso de globalización reside una necesidad de lo total. Si todo se ha vuelto cultura, ya no es posible acordar ningún punto de vista a partir del cual pudiera pensarse una “teoría” de la cultura con contenido de clase. Es el discurso woke sobre la Global Village.
Como plantea Norbert Bolz en El Happy End de la Historia, después de la desaparición del llamado mundo socialista, la filosofía de la historia y la idea de progreso abdicaron definitivamente, y la historia se descompone en muchas historias, en islas temporales. Desde entonces tenemos que aprender a manejarnos sin una meta o fin de la historia, sin sucesos de salvación o progreso, sin la representación conductora de la tradición, sin el fundamento de la experiencia ni la columna vertebral del origen. El problema no es la ignorancia, sino la confusión. Y en situaciones confusas se verifica que cuanta más información hay, mayor es la inseguridad. Así, el mundo moderno nos obliga a compensar la ignorancia con confianza, con la fe en el aforismo atribuido a Margaret Thatcher “There is no Alternative”.
Ejemplo tenemos con el invento venenoso de la llamada Memoria Histórica o Memorial Democrático, en el cual todo el entramado propagandístico y gustosamente financiado se basa en el lamento y falso honor a los represaliados y asesinados, que coloca un tupido velo a los represores y asesinos.
Toda cultura del recuerdo depende del modo y el grado de la materialización de aquello que es olvidado y recordado. La transformación del olvido inducida tecnológicamente en una disolución sin rastros le quitaría el suelo a toda conmemoración, a todo monumento, a todo recuerdo.
Asimismo, nuestra cultura proletaria, ha estado forjada a partir de la célula básica de carácter social: La familia plurigeneracional, con todos sus defectos de autoritarismo, pero que ha sido el lugar desde el cual el proletariado ha sido capaz de hacer frente a las agresiones del capital, y que ha tejido las redes de solidaridad, se han ido convirtiendo, junto a la organización dentro del salariado industrial, en núcleos organizativos que han constituido el germen de clase.
El borrado de esta cultura, su desmemoria, junto a la destrucción del núcleo social primario señalado y la desestructuración del tejido industrial, es uno de los principios de lo que Luc Boltanski y Eve Chiapello denominan “El nuevo espíritu del capitalismo”.
INMIGRACIÓN Y CULTURA
Cuando, en el siglo XIX F. Engels analizó la situación de la clase obrera en Inglaterra, pone encima de la mesa un tema candente hoy: la inmigración, en su caso la irlandesa, con unas bases de creencias religiosas contrapuestas y con un bagaje arraigado en la cultura agraria, diferenciada de la impuesta cultura industrial inglesa. Siendo el colectivo más depauperado, se convierte en aliado, sin ser consciente de ello, del empresariado, que ve la oportunidad de rebajar los salarios al aumentar el ejército de reserva de mano de obra.
Hoy, la situación de la clase obrera en España dista mucho de la inglesa del siglo XIX, así como el papel de la inmigración y con ella los diferentes conceptos culturales.
El marxismo situó la persona humana en los lugares que le correspondía en cada época histórica, por eso no se planteó ir primeramente a la búsqueda de un concepto de cultura en abstracto que sirviera para todo los tiempos y lugares, porque llegó a la conclusión de que en caso de encontrarla se comprobaría entonces que no serviría para ninguno de estos casos.
El grado de reconocimiento de la identidad cultural es distinto entre los distintos pueblos y aparecen postmodernistas que pretenden atentar contra su cultivo, del mismo modo que el liberalismo decimonónico estimuló el cosmopolitismo.
La existencia real de los hombres está aparejada al inicio de la producción de bienes materiales, así como a la forma en que se ha llevado a cabo esa producción, distribución y consumo. De tal modo los diferentes escalones de la cultura están directamente relacionados con el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad y las correspondientes relaciones sociales que se derivan de ellas.
Pablo Guadarrama en Lo universal y lo específico en la cultura lo especifica de este modo: “En un mundo en que se derrumban muros y se levantan otros; en el que todo se observa y se comunica a través de omnipotentes satélites; en el que seres humanos son desechados del mercado de trabajo por invasiones de robots, en tanto otros ven peligrar su identidad por las amenazas de la clonación, -que no se limita a la condición biológica sino que trata de invadir el pensamiento y la espiritualidad-, en que los gobiernos postulan fórmulas superiores de la industria cultural, convertida en perspectiva empresarial mercantil, la reflexión sobre el nexo entre lo universal y lo específico en la cultura parece hacerse más necesaria que nunca antes”.
Elementos que han configurado nuestra cultura en Catalunya han sido el paso de una sociedad agraria a una de industrial en un breve período temporal, creándose un intermedio de familias semi proletarias (los hombres trabajando en el sector agrario y las mujeres en la industria textil), posteriormente y por breve período de tiempo con la influencia de la Primera Internacional un florecimiento de la cultura obrera, asesinada a partir de 1939. La larga noche del franquismo, intentó borrar cualquier recuerdo cultural anterior de base proletaria, que no popular. Y con el advenimiento de la llamada democracia, una ofensiva de culturas foráneas capitaneadas por la influencia anglosajona, ante la cual se postraron la mayoría de formaciones políticas de izquierdas. Tan solo unos pocos reductos aislados intentaron sin mucho éxito mantener el recuerdo de lo que hubiera podido ser pero no fue.
Y en la actualidad dicha ofensiva del capital se ha agudizado a tales extremos que podríamos decir “se ha perdido el norte y el resto de puntos cardinales”, impregnando la posmodernidad y la “cultura del watsapp” la inmensa mayoría de jóvenes y no tan jóvenes.
Si a esto le sumamos una destartalada búsqueda de lo exótico, traído por la inmigración, tan solo quedan las fiestas folklóricas y mercadillos medievales, de los que nadie conoce su origen, tenemos como resultado una pérdida de nuestra memoria cultural en toda su amplitud.
¿Cómo enlazar el reconocimiento de las culturas foráneas fruto de una inmigración masiva, con el mantenimiento y fortalecimiento de la cultura autóctona, sin que ello suponga ni subordinación ni prepotencia, sino que sea un elemento que aporte diversas experiencias de la lucha de clases al conjunto del proletariado?
¿Cómo vislumbra el inmigrante, nuestra sociedad? ¿Qué contenido cultural absorbe? ¿Con que bagaje llega a nuestro país? ¿Por nuestra cultura? ¿Por los espejos de una sociedad de consumo? ¿Por la búsqueda de un lugar en el sol?
Lo cierto es que a diferencia de las grandes migraciones de hace siglos, colectivas, de pueblos enteros, en la actualidad es una numerosa inmigración individual, con lo cual no llevan de forma colectiva una memoria cultural para compartir con el proletariado autóctono.
Hijos y nietos del viejo proletariado español, prefieren vivir de las trasferencias intergeneracionales, subvenciones estatales o trabajos ocasionales “para sus gastos”, que no trabajar en el campo, en la construcción, en los mataderos, en limpieza, en atención a las personas ancianas, etc.
Muchos de ellos, la mayoría, tienen un techo seguro fruto del trabajo y el ahorro de sus progenitores, y a la espera del fallecimiento de éstos para heredar un piso, una casita y tal vez algo de dinero de una cuenta de ahorro.
Tampoco les entusiasma el deseo de formar una familia y tener descendencia. Prefieren, dentro de sus posibilidades, el ocio, el estado académico eterno con sus masters y otras hierbas, y, como compañía perros y gatos, siguiendo a pies juntillas la hoja de ruta trazada por los arquitectos del llamado globalismo, la construcción de una “Sociedad Líquida” que diría Zygmunt Bauman.
Como tampoco les entusiasma convivir con generaciones anteriores en un marco familiar intergeneracional y “exigen una vivienda para jóvenes”, aún sin haber realizado ninguna contribución social, ya sea en trabajo alienado o en trabajos socialmente necesarios.
Como tampoco les entusiasma el deseo de cuidar a sus progenitores ancianos, a los cuales amontonan en los reservorios llamados geriátricos hasta su muerte.
Estos elementos forman parte de nuestra cultura proletaria.
A partir de este marco, es del que debemos analizar el tema migratorio, que se corresponde con el nuevo proletariado de origen foráneo, el cual NO QUITA el trabajo a los descendientes del viejo proletariado, sino que ocupa los lugares que no quieren ocupar éstos.
¿Quién cuida a los progenitores ancianos?
¿Quién limpia las calles y los hogares?
¿Quién mantiene el trabajo agrícola?
¿Quién construye las casas?
¿Quién realiza las tareas desagradables?
¿Quién evita el colapso demográfico?
Tras estas preguntas, hay dos más que no dejan de tener su impacto, dado que la población autóctona es una gran consumidora de prostíbulos y drogas.
¿Quién llena los prostíbulos?
¿Quién abastece de droga?
Al margen de estas consideraciones, no hay que descartar una inmigración, minoritaria, cuya función es la organización de la delincuencia cuya expresión, tratamiento y consecuencias deberían analizarse separadamente así como las medidas a tomar en cada caso. Dicha delincuencia mayormente es proveniente de países de la Unión Europea y amparada por la llamada libre circulación.
Ya tenemos dibujado el cuadro completo en el cual hay dos miradas distintas del mismo y con ello dos discursos: Discurso A) queremos acoger. Discurso B) controlar y disminuir la inmigración.
Discurso A). Podríamos denominarlo, sin equivocarnos, de popperiano y seguidores de su proclamada Sociedad Abierta, cuyo máximo exponente actual es el conjunto de organizaciones financiadas por la Open Society de George Soros, que bajo el manto de una falsa interculturalidad esconde la aculturación del proletariado, tanto autóctono como foráneo y los intentos de hacer olvidar la historia de su cultura proletaria y cualquier atisbo de socialismo, como fue el legado de Karl Raimund Popper escrito en 1945 The Open Society and Its Enemies cuyo objetivo no fue otro que un ataque furibundo contra la entonces Unión Soviética y todo lo que pudiera relacionarse con el legado de Karl Marx.
Tal concepto Intercultural, es un sofisma inventado malévolamente para introducir elementos culturales desestructurantes (idioma, música, comida, creencias, etc.), todo ello en la dirección de desmemorizar y desorganizar el proletariado como clase social, otrora organizada, transformando ésta en un amasijo de actividades lúdicas y folklóricas.
Nuestra cultura, la que pretenden diluir en la interculturalidad, es nuestra historia, es la historia de la lucha de clases en nuestra sociedad. Pregonar, exaltar, documentar culturas foráneas en detrimento de la nuestra, es equivalente a la pérdida de nuestra propia identidad, la que durante siglos ha cohesionado la sociedad y ha propiciado la creación de instrumentos de defensa y organizativos, a pesar de estar condicionada ideológicamente por nuestra propia burguesía. Ha sido una lucha de resistencia.
Ya desde inicios del siglo XX y con una gran avalancha a medianos del mismo, afluyó hacia Catalunya una multitud de inmigrantes, organizada por el capitalismo catalán que precisaba mucha más mano de obra para su extensiva industria.
Aunque hubiera recelos por una parte de la población autóctona, también había, y en condiciones políticas difíciles, una voluntad organizativa por parte de lo que podríamos llamar los sectores más avanzados ideológicamente del proletariado catalán, miembros y simpatizantes de la propuesta comunista.
Dicha propuesta, era capaz de integrar al proletariado recién llegado, que mantenía partes importantes de su historia y cultura (idioma, comidas, música, lazos familiares, paisanaje,…) pero que al mismo tiempo se incorporaba a nuestra cultura autóctona y era receptivo a nuestra historia pues disponía de la citada organización que transmitía, cuando podía, los elementos más esenciales de nuestra lucha de clases. De este modo pudieron conocer que si se disponía de la jornada de ocho horas era precisamente por la huelga de La Canadiense y la paralización de la industria catalana en aras a esta reivindicación.
El mantenimiento de lazos con su tierra de origen no impedía estrechar lazos con la tierra de acogida, aunque básicamente se establecía una ayuda mutua entre los recién llegados.
Discurso B). Controlar y disminuir la inmigración, es el discurso proclamado por una parte de la población y amplificado por una parte de los representantes de la llamada derecha como representación de un sector del capital español. Dicho capital, en aras a la competitividad, no ve con buenos ojos la existencia de una gran masa de inmigrantes que realizan tareas fuera de los circuitos de generación de plusvalía, pero al mismo tiempo precisa de sus servicios. Los trabajos de la inmigración que se ejecutan al margen de los circuitos oficiales del capital, no producen beneficio a la organización empresarial en conjunto, aunque sí a los empresarios individualmente, lo cual produce una especie de “competencia desleal”. Asimismo, una mayoría de trabajos en cuidados personales se realizan entre particulares, lo cual es una merma de beneficios para las empresas dedicadas a dichos servicios. La llamada al control de la inmigración “irregular” tiene por objetivo que dichos servicios sean organizados por empresas u organizaciones “debidamente legalizadas”, es decir que tengan que presentar sus balances y cuentas de explotación, y con ello regular mínimamente la competencia entre empresarios.
Con demasiada ligereza, por parte del progresismo sistémico, se utiliza la denominación de fascista a todo aquel que no sigue los dictados de la Open Society, la deculturación, el transgenerismo y el transhumanismo, el moderno cosmopolitismo, que dicho sea de paso sí que los podríamos calificar de “nuevo fascismo con rostro humano”. Mientras se mantenga el apelativo de fascista, una parte importante de la población se verá identificada con él. Con ello quiero subrayar que no son ciertas formaciones políticas las que “inventan” y hacen penetrar conceptos muy reaccionarios entre la población, sino muchas veces la propia miopía de la llamada izquierda, que no sabe distinguir un cedro de un abedul, utiliza palabras cuyo significado, origen y características desconoce, malinterpreta o simplemente cacarea lo que le ordenan.
La percolación ideológica en el sí de la izquierda radical, la ha llevado a reafirmar y legitimar a los que con un manto rojiverde, están llevando a cabo la política económica y cultural ordenada por el capital en su conjunto. Así, cualquiera que reivindique usos y costumbres, lenguaje, cultura en general aunque no sea la cultura proletaria que algunos desearíamos, es tildado de fascista. Craso error.
No es momento en este escrito de pormenorizar y analizar el concepto de fascismo, tanto en su expresión de principios del siglo XX, como su utilización en la actualidad. Tan solo una pincelada para tenerlo en cuenta.
Josep Cónsola
Diciembre 2025
CONSULTAS BIBLIOGRÁFICAS
https://static.nuso.org/media/articles/downloads/2680_1.pdf
https://www.ecured.cu/Deculturaci%C3%B3n
https://es.scribd.com/document/153414340/Renato-Ortiz-Diversidad-Cultural-y-Cosmopolitismo
https://edgarmorinmultiversidad.org/
http://www.darkmatterarchives.net/wp-content/uploads/2011/11/boltanskiSPIRITofCapitalism.pdf
https://archive.org/details/bauman-zygmunt.-modernidad-liquida-ocr-2003
https://proletarios.org/books/Popper-La-sociedad-abierta-y-sus-enemigos.pdf
https://www.consilium.europa.eu/media/54949/20201625_qc0220204esn_pdf.pdf
https://archive.org/details/pnf.-il-primo-e-secondo-libro-del-fascista-1941
https://proletarios.org/books/Reich-Psicologia_de_masas_del_fascismo.pdf




