DESPUÉS DE SEIS AÑOS… PERDURAN LAS SECUELAS

Se non è vero, è ben trovato

No cabe duda que el año 2020 representó un punto de inflexión en el desarrollo capitalista mundial. Representó una nueva, o no tan nueva, modalidad de hacer frente a una crisis de sobreproducción y cambio tecnológico, distinta de las anteriores, sí no en cantidad, sí en calidad, con cierta semejanza a la impuesta durante los años 80 del siglo XX al entorno de la llamada tercera revolución industrial, comúnmente denominada neoliberalismo, aunque no precisó estar militarizada a nivel mundial como la del 2020.

Durante cuarenta años, el capital se propuso transformar la percepción racional de las personas, en un torbellino de pánico: Desarraigo geográfico, incertidumbre laboral, desestructuración familiar, hedonismo, pérdida de memoria, construcción de enemigos imaginarios, inseguridad, infantilismo, ocio, consumo…, y unas inversiones millonarias para atenuar, dentro de lo posible, las tensiones sociales derivadas de dicha transformación.

Todo el entramado pandémico del 2020, no hay duda que fue una obra maestra del capital mundial, ya que jamás había logrado con anterioridad, poner en arresto domiciliario y estado de excepción a un mismo tiempo a más de dos mil millones de personas, imponer el uso de bozales para anular la identidad, trabajo domiciliario, cerrar industrias, crear una atmósfera de pánico generalizado, morir en soledad, arrodillar a sindicatos y partidos comunistas, y convencer a las criaturas que podían convertirse en culpables de la muerte de amigos y abuelos si se acercaba a ellos.

¡Qué miedo!, ¡Sálvese quien pueda!

Como señala Carlos Mongardini en “Le dimensioni sociali della paura”, “el miedo, especialmente cuando se manifiesta en un contexto de enorme densidad, se presta a ser un instrumento de definición, de control y de gobierno del orden social… Se cultiva el miedo como distracción, como forma de conservar un orden precario, para evitar que la precariedad o la rutina empujen al ser social a pensar en nuevas formas sociales que rebasen el contexto institucional establecido”

De golpe, cuando ya se habían cumplido los objetivos previstos, cuando ya se habían almacenado miles de millones de datos robados de los mensajes y conversaciones que los “confinados” enviaban y reenviaban, cuando ya habían exorcizado un virus, cuando ya habían utilizado la población para nuevos experimentos biológicos…, se propagó la necesidad de una nueva forma de vida, una “nueva normalidad” acorde a los imperativos del capital mundial.

Todo ello, amparado por científicos espadachines a sueldo a los cuales ofrecieron los micrófonos y pantallas televisivas para dar una cobertura científica a tamaña operación, oscureciendo, negando, censurando, amenazando y menospreciando a otros científicos que no estaban dispuestos a ponerse en venta.

Pienso que a estas alturas, puede afirmarse que fue una operación propagandística con unos objetivos precisos para imponer los dictados emanados para la cuarta revolución industrial a escala mundial. Y sin duda podemos calificarla con la frase atribuida a Giordano Bruno: “Se non è vero, è ben trovato”, es decir aunque sea mentira está tan bien adornada que parece verdad.

Pero las secuelas del pánico, del miedo, perduran, escondidas en lo más íntimo de cada persona que para ahuyentarlas, se buscan ocios esperpénticos, consumos onerosos o la ingesta de ansiolíticos y opioides.

Prestando atención al comportamiento social, se puede constatar un cambio radical desde 2020. Cambio que está incrustado en la inmensa mayoría de personas a pesar de una fingida apariencia de “Todo va bien”. Este todo va bien es una expresión de la nueva normalidad, es decir un comportamiento “normal”, entendido éste como la norma aprehendida tras la guerra biológico-económica de 2020, norma impuesta tanto por los medios de comunicación como por las instancias sanitarias, políticas, militares y culturales.

Y, nos encontramos ante una paradoja: en estos momentos los muertos por los conflictos bélicos en Europa, África, Asia y Oriente Medio, ya los podemos contar por millones (Ucrania, Líbano, Palestina, Irán, Sudán, Yemen, Etiopía, Nigeria, Birmania, Congo…) que seguramente superan los realmente muertos en el 2020 por infección respiratoria del denominado covid (otra cosa son las cifras de personas muertas con un test PCR positivo, lo cual multiplicó exponencialmente las muertes, aunque la causa no fuera esta). Pues al parecer poco importan los mortales conflictos armados, los comercios no han cerrado, las atracciones tampoco, no hay arrestos domiciliarios, millones de personas gozan, sin preocupación, de vacaciones y fines de semana, etc. Es un comportamiento “normal”, pues así lo deciden científicos, políticos y medios de comunicación, aunque sea una atrocidad. Y así nos normalizan frente a las guerras que, podemos ver en directo por televisión, mientras nos instauramos en un hedonismo sin parangón.

El consumo se dispara, los bares y restaurantes están a rebosar, los gimnasios saturados, peluquerías i manicuras en cada esquina, perros en vez de niños…, y una relación impersonal entre “yo y el móvil”.

En este contexto, para mantener la aparente normalidad, los expertos brujos nos ofrecen un sinfín de posibilidades, entre ellas la ingesta de millones de pastillas (benzodiacepinas, ansiolíticos, antidepresivos, analgésicos y otros) cuyas cifras después del año 2020 se han disparado en España (111 millones de envases de ansiolíticos y antidepresivos; 131 millones de envases de analgésicos) y según el Sistema Nacional de Salud en su informe del 2023 un 34% de la población española sufre problemas de salud. Lo que Juan Ramón Laporte denomina una “sociedad intoxicada”.

Aunque la lucha de clases también se da en este ámbito ya que según informe de fecha 16 de Abril de 2024, Diego Buenavides, responsable de comunicación del Colegio de Enfermería de León señala: “El problema (mental) no afecta a todo el mundo por igual y el consumo de psicofármacos depende del Código Postal: Son las personas con rentas bajas en las cuales la toma de antidepresivos es OCHO veces superior que en las clases altas”.

Así, a poco que uno rasque la superficie, aparece, explota, inexorablemente, el miedo acumulado en forma de una violencia extrema precisamente entre las personas de renta más baja. Violencia que se desencadena en cualquier lugar y en cualquier momento: peleas entre niños y adolescentes dentro y fuera de los centros escolares, entre padres, madres e hijos, entre vecinos, entre espectadores…

Un cóctel explosivo y sonoro de 120 decibelios (que se considera el umbral de dolor) mezclado con alcohol y otras drogas que impiden el habla, tan solo el gesto, es una parte de los efectos secundarios de la pandemia de la Cuarta Revolución Industrial para los jóvenes. Otra parte son los efectos de carácter social y cultural, convirtiendo la sociedad en una fragmentación de mónadas individualizados, sin identidad ni raíces, hedonistas, discípulos de la Sociedad Abierta de Popper y su seguidor Soros.

Una sociedad abierta preconiza el desarraigo, la movilidad total, cuando el arraigo es una condición indispensable y básica para la organización estable y permanente del proletariado. Sin este arraigo se hace difícil hablar de movimiento obrero, entendido este como una síntesis organizativa de la lucha de clases.

Este desarraigo hace olvidar la historia, la historia real, la transmitida familiarmente, vecinalmente, y se ha cambiado por una historia elaborada en los laboratorios universitarios formando parte de la nueva normalidad, una historia basada solamente en acontecimientos o eventos considerados de “interés”. Pero dicho interés, siempre ha sido, y es, el de la clase dominante del momento, a la cual se han sometido los escribidores con reconocimiento social, buenos ingresos y titulaciones académicas honoríficas.

Una de las particularidades de la cuarta revolución industrial es la proliferación a todos los niveles de la denominada inteligencia artificial, una de cuyas funciones es la de “pensar por ti”, “decidir por ti”,  sin que sea necesario el ejercicio de pensar, que según Gómez Pin “pensar es durísimo, pues se entra constantemente en contradicción con uno mismo”. La inteligencia artificial es  un refrito del pensamiento ajeno, un algoritmo que discrimina lo que es de “interés” y lo que no lo es, lo que debe saberse y lo que no, lo que debe hacerse y lo que no. Homogeneizando el orden del discurso.

Desde los escolares para realizar sus tareas, hasta los funcionarios de la educación para preparar los contenidos de las clases que deben impartir, unas mismas informaciones, que no conocimientos, están siendo utilizadas tanto por profesionales, como por activistas anti-sistema.

De seguir, como los ratones del flautista de Hamelin, las novedades virtuales y la arterioesclerosis cerebral, dentro de poco, incluso los documentos de los partidos comunistas que quedan, estarán elaborados mediante algoritmos.

Es preciso un esfuerzo en rehistorizar, en devolver al proletariado la memoria de su historia que ha sido corrompida por los historiadores a sueldo, sistematizada por dicha inteligencia artificial y difundida masivamente.

Este esfuerzo de rehistorización solo puede llevarlo a cabo el proletariado organizado, integrando en sus filas no solamente al proletariado industrial, sino la gran cantidad de profesionales, hijos del proletariado del siglo XX a los que debemos arrancar de las garras de la clase dominante para que pongan sus conocimientos al servicio de la clase obrera.

Tarea gigantesca, pues actualmente solo sobreviven pequeños reductos de cimarrones esparcidos aquí y allá, sin una relación que pudiera cristalizar en una perspectiva transformadora. Cimarrones a los que no les falta conciencia de clase, están, muchos de ellos atraídos por la propaganda victimista de segmentos sociales minoritarios que no son en absoluto sujetos proclives a una transformación social, sino que reclaman para ellos paliativos con independencia de quién los otorgue, desentendiéndose de cualquier lucha de clases que corresponda al conjunto del proletariado, una vez logradas sus demandas.

Seis años después de la criminal ofensiva del capital, se ha incrementado la propaganda y la práctica del victimismo elaborada desde las instancias del poder, para desviar la atención de la pérdida de derechos para la mayoría, trastocándolos por ayudas, subvenciones, asistencia social y otros tipos de caridades hacia dichas minorías.

La solidaridad de clase ha sido históricamente un elemento fundamental de la organización del movimiento obrero, concretado en la ayuda mutua, sabiendo muy bien con quienes se concretaba dicha ayuda, al margen de las iglesias, filantropías y otras hierbas estatales; lo cual no tiene nada que ver con el actual mecanismo presupuestario que a costa de reducir las garantías sociales logradas mediante grandes luchas obreras para la mayoría, se incrementa la “ayuda pública” para unas ciertas minorías, ajenas a la lucha de clases.

Esto es rehistorizar y al mismo tiempo revitalizar la conciencia de clase.

 

 

Josep Cónsola

Abril 2026