TRES REFLEXIONES

La primera sería si el actual proletariado quiere cambiar la sociedad y que está dispuesto a dar para conseguirlo.

La segunda sería si se está dispuesto a romper el pacto social iniciado en el último tercio del siglo XIX en Europa, mediante el cual se produce una transformación del proletariado que pasa de ser una clase peligrosa a una oposición responsable.

La tercera es que sin un cambio total de los paradigmas de la Ilustración, pueda realizarse un cambio radical de la estructura societaria, y junto a ello si se piensa que dentro del sistema de propiedad privada y relaciones sociales capitalistas, sin romper con él,  es posible avanzar hacia un nuevo tipo de sociedad.

LA PRIMERA REFLEXIÓN

A veces se habla de transformar la sociedad. ¿Qué quiere decir transformar? Transformar es cambiar de forma, pero lo necesario no es cambiar la forma, sino el CONTENIDO. Por ello no debemos hablar de transformar la sociedad que tenemos, sino de destruir la sociedad que tenemos en un proceso de RECONSTRUCCIÓN que remueva totalmente las relaciones de producción, las relaciones humanas, la cultura y el concepto de propiedad. Lo que la involución en la URSS se conoce con el nombre de perestroika, traducido por reconstrucción, construir de nuevo los cimientos sobre los que estaba construida la nueva sociedad, deberíamos utilizarlo para construir de nuevo la sociedad que nos tiene atenazados desde hace medio milenio.

No debe extrañarnos que los intentos de construcción socialista hayan vuelto al punto original, pues los cambios realizados en ellos  se centraban básicamente en un cambio de forma. En la DISTRIBUCIÓN de los bienes, mucho más equitativa que en el sistema de relaciones de producción capitalistas y más igualitaria. Se produjo una TRANSFORMACIÓN.

Pero si lo relacionamos con las reflexiones de Marx ya desde su juventud sobre la alienación humana derivada del propio trabajo alienado, no se han producido grandes avances, tan solo paréntesis anecdóticos en los primeros años de la revolución rusa (una gran iniciativa), de la revolución china (comunas populares), de la revolución cubana (trabajo voluntario), que fueron utilizados en un momento histórico de corta duración y obligado a veces por motivos de subsistencia, que una vez resueltos, quedaron como imagen propagandística. O algo peor, como un estimulante productivista al estilo de las relaciones de producción capitalistas, convirtiendo la cooperación en competencia.

Paralelamente a todo esto, hay un factor subjetivo: El MIEDO. El miedo a lo desconocido (hay un refrán popular reaccionario que dice: mejor loco conocido que sabio por conocer). Y cuando se oyen gritos callejeros y panfletos que diciendo: “No tenemos miedo”, no se sabe con certeza a que se refieren. ¿A miedo de qué? ¿De los disparos, de la policía, de los tribunales? ¿O de verdad no tenemos miedo del proceso de destrucción-construcción que planteaba al inicio de este escrito?

August Blanqui no tenía miedo, pasó 37 años de su vida en la cárcel, y en su Crítica Social II, preguntaba: “¿Tenemos los planos, los materiales, todos los elementos de este precioso edificio que es el socialismo? Los sectarios dirán que sí. Los revolucionarios dirán que no porqué conocen mejor que nadie el futuro difícil que espera al socialismo”

Es necesario tener en cuenta que tras el estallido revolucionario capaz de casi eliminar la propiedad privada de los medios de producción, la sociedad, la gente sencilla, el proletariado, no realiza un cambio tan brusco y las personas que han de llevar a cabo el proceso de destrucción-construcción son las mismas que el día anterior estaban estrechamente ligadas desde generaciones a una economía, una cultura y una educación basadas en la propiedad privada y en una estructura de clases, como pilar fundamental de su existencia y la dependencia del Poder en los demás aspectos de la vida.

El Ché nos hablaba de la construcción de un “Hombre Nuevo” (o mujer nueva podemos añadir) y ponía en primer término la CONCIENCIA, señalando la imposibilidad de construir la nueva sociedad basada en los mismos paradigmas que la anterior, es decir, manteniendo la ley del valor, el estímulo material como motor de la producción, sabiendo y emulando la reflexión de Blanqui cuando en su Crítica Social afirma: “El estómago no puede soportar la abstinencia, el cerebro se habitúa rápidamente”, y esto es lo que ha hecho el sistema capitalista desde su inicio hace  más de medio milenio.

Tal vez ya debería ser el momento de empezar a alimentar el cerebro sin pensar tanto en el estómago, espejo de la sociedad del consumo, del crédito, del despilfarro, del egoísmo, del darwinismo.

Si de algo debe servirnos la experiencia de intentos de cambio social realizado en algunos países, debe ser para analizar CÓMO se realizó, QUIÉN lo realizó (y no me refiero a personajes endiosados), CUALES eran los cimientos que se pusieron, y sobre todo QUÉ FALLÓ Y POR QUÉ.

SEGUNDA REFLEXIÓN

Esta segunda reflexión debe responder a la pregunta de si se está dispuesto a romper el pacto social iniciado a partir del último tercio del siglo XIX en Europa, mediante el cual se produce la mutación proletaria de peligrosa a responsable.

Immanuel Wallerstein nos hablaba hace años de cuáles fueron las promesas realizadas al proletariado europeo tras las revueltas del período 1845-1870 y decía que a cambio de la paz social se había ofrecido al proletariado una triple propuesta la cual excluía a la mayoría de la población mundial: El derecho de voto; el Estado del Bienestar (seguros sociales, etc.) y una doble nacionalidad (la de los estados respectivos y la del mundo blanco como hegemónico, es decir el racismo)

De este modo, el gran pacto social ha permitido, con el beneplácito tácito o explícito del proletariado, el expolio del llamado tercer mundo, el colonialismo, las guerras de rapiña, los asesinatos en masa, la destrucción de economías y culturas no coincidentes con los paradigmas de la ilustración.

Hoy todavía la clase trabajadora no se atreve a romper este pacto y la consecuencia la podemos ver en África y Asia (Chad, Mali, República democrática del Congo, República Centroafricana, Burkina Faso, Afganistán, Irak, Siria, Egipto, Libia, etc.) pues desde los confortables sillones de los hogares obreros se visualiza ante la pantalla del televisor la guerra en directo, los bombardeos, los asesinatos en masa, la destrucción,… con total impunidad por parte de las potencias euro-norteamericanas, sin que el propio  proletariado euro-norteamericano se revuelva contra este genocidio. Tal vez lo visualice pensando que la reconstrucción de lo destruido le asegurará un puesto de trabajo en el futuro.

Ningún llamamiento a la paralización de la producción contra este sanguinario colonialismo moderno, ningún enfrentamiento violento, ninguna revuelta. Tan solo la tímida y baja voz de las autoproclamadas izquierdas que como acto “revolucionario” se dedican a poner en escena algún happening dominguero o enviar un poco de comida de la que sobra en sus mesas y ya no cabe en su estómago, así como en envío de la ropa pasada de moda a los campos de refugiados mediante las organizaciones no gubernamentales, colaboradoras de los asesinatos y financiadas por presupuestos estatales. De paso mediante un ecofascismo enmascarado se recicla lo que ya no se quiere.

El discurso del capital ha calado en los cerebros del actual proletariado y ha asumido la proclama de: “Hemos de actuar así, pues se estaba poniendo en peligro el Estado del Bienestar y la cultura derivada de él”.

Cabe hacernos una pregunta: ¿Qué estado del bienestar queremos? ¿A costa de quién?

TERCERA REFLEXIÓN

La tercera reflexión es que sin un cambio total de los paradigmas actuales no es posible un proceso de destrucción-construcción hacia una nueva sociedad.

Dichos paradigmas podemos resumirlos en cuatro grandes bloques

UNO. El progreso tecnológico comporta progreso social.

DOS. El crecimiento económico a costa de la naturaleza no tiene límites y permite ampliar infinitamente el consumo humano generando felicidad.

TRES. La humanidad puede encontrar la felicidad si somete la naturaleza y su propia conducta a la Razón.

CUATRO. La familia basada en el esquema patriarcal y monógamo  es la forma superior y final de la organización antropológica. Aunque la actual doctrina del capital rompe este esquema una vez ha comprobado que la familia significaba un peligro para el proyecto de desestructuración social y aislamiento de las personas. He ahí la gran campaña de hogares para una sola persona o monoparentales, como expresión máxima del individualismo.

Tenemos el reto de afrontar estos paradigmas y como ir creando otros en el proceso de destrucción-construcción. Para ello debemos comprender las limitaciones de las reivindicaciones solamente en lo económico olvidando el resto de magnitudes ideológicas que impregnan nuestra vida cotidiana.

Se ha insertado en el cerebro de las personas que la ciencia y la tecnología son neutras y como tales quedan fuera del debate democrático (como la economía y la salud) cuando en realidad son fruto de decisiones políticas las cuales eliminan aquellas técnicas y ciencias que no son aptas para la reproducción del capital, entendido éste como una reproducción de las relaciones sociales en una escala siempre creciente.

Por ello, un ejercicio para los movimientos revolucionarios y entre ellos los comunistas, ha de ser revisar a fondo su actitud ante la ciencia y la tecnología que están ligados al concepto de crecimiento económico sin freno. Consustancial al concepto definitorio del paradigma producción=consumo=felicidad.

La Razón, estrechamente ligada al pragmatismo, es decir que la verdad solamente es tal si es valorizable, si es de utilidad para el incremento de la acumulación, anatematizando todo aquello que se denomina despectivamente subjetividad, pero que es un derivado de la cultura popular que todavía no se ha podido “encapsular” ni destruir por completo.

Y  finalmente el esquema patriarcal que es indisoluble a la propiedad privada. Es un espejismo querer acabar con el patriarcado dentro del sistema capitalista, ya que éste necesita del mismo para mantener y reproducir la fuerza de trabajo necesaria para la acumulación y un estricto orden social. Querer acabar con el patriarcado dentro la sociedad capitalista es tan ilusorio como decir que cambiando la educación dentro del sistema capitalista cambiaremos la sociedad. Esto son consignas reformistas para apuntalar el capitalismo, no para acabar con él.

Hemos de añadir que dicho concepto de patriarcado, relativo al poder del padre, se ha modificado sustancialmente otorgando dicho poder a las mujeres para tenerlas como aliadas en el mantenimiento de la sociedad y utilizarlas para las acciones más atroces imaginables pero lavando la cara a las atrocidades cometidas por su condición de mujeres, en teoría ajenas al patriarcado. Basta con los ejemplos de Margaret Tatcher, Margaret Albrigt, Hilary Clinton, Úrsula von der Leyen, Jeanine Añez, Dina Boluarte, Corina Machado, Kamala Harris…, para que seguir. No son Antígonas que se enfrenten aún a costa de su vida a los dictados del Poder, sino que son las modernas  Creontes, representantes de este Poder.

Este patriarcado necesita el mantenimiento de un tipo determinado de familia y de ahí derivan las políticas habitacionales donde no hay lugar para las familias plurigeneracionales,  por ello el invento de las guarderías y los geriátricos que al mismo tiempo comportan una pérdida de la memoria colectiva y la rotura con la experiencia de abuelos y abuelas, y deposita la memoria social colectiva a manos de supuestos técnicos historiadores que se han hecho los dueños de escribir nuestro pasado, no basado en las experiencias propias del proletariado, sino basadas en aquellos aspectos que el Poder les ha ordenado publicar: la famosa memoria histórica.

Como escribe el cubano Roberto Regalado Álvarez en el ensayo titulado Socialismo: en busca del «eslabón perdido» entre utopía y realidad. Una visión desde Cuba:La falta de concatenación, el distanciamiento, la bifurcación y la ruptura entre el proyecto (los objetivos y programas) y el proceso (los medios y métodos) es el problema teórico práctico al que metafóricamente aludo con la frase “eslabón perdido entre utopía y realidad”.

 

Josep Cónsola

Diciembre 2025