LA CORRUPCIÓN Y LA DELINCUENCIA

Y la Virtud, que de la política había aprendido mil
astucias, por la feliz influencia de esta hizo migas con el Vicio.

(Bernard Mandeville. La fábula de las abejas o, vicios privados,                                            públicos beneficios, 1714)

“La corrupción no consiste solo en la comisión de actos ilícitos, que competen a los tribunales, o en el simple mal manejo o malversación de recursos económicos. La corrupción, en una amplia definición cultural, indispensable para poder abordarla e incluso combatirla, es la esencia del abuso del poder. Incluye actos incorrectos, aunque estos no sean antijurídicos. Se manifiesta a través de abusos en diversos ámbitos, sea en la órbita estatal o privada, que beneficien directa o indirectamente a una persona o a un grupo de personas. En muchos casos sintetiza lo ilícito y lo incorrecto de manera simultánea.

El mundo de los grandes espectáculos, incluyendo el fútbol o el ciclismo o el boxeo, no deja de estar preñado de corrupción. Si partimos de esta constatación, tenemos que aceptar, lamentablemente, que convivimos con una suerte de cultura de la corrupción.

En la actualidad, quizás esto podría ser algo novedoso, muchos hechos de corrupción que son denunciados parece que siguen un libreto básico común. Las denuncias que devienen escándalos son olvidadas por la llegada de nuevos escándalos, con lo que la corrupción se complementa con una rampante impunidad. Los hechos denunciados parecen condenados a la desmemoria, perdidos en los vericuetos legales y con frecuencia no desembocan en una sentencia legal contra las personas implicadas.

Afirma José María Tortosa: «los ciudadanos acaban pensando […] que  “todos son iguales”, mientras los partidos políticos se enzarzan en un cansino y monótono “y tú más” [corrupto]». Y lo que es más grave, amplios segmentos de la población votan por esos mismos partidos y gobernantes corruptos”. (Prólogo de Albert Acosta para el libro de José María Tortosa CORRUPCIÓN, CORREGIDA Y AUMENTADA)

Al hilo de estas consideraciones, en España, podemos comprobar día a día, que los dimes y diretes de las formaciones políticas parlamentarias no se centran en acabar con la corrupción, sino en la propaganda de ser menos corrupto que el rival, o que su corrupción es de menor envergadura.

La corrupción se ha normalizado, es decir, es “normal”, se ha incrustado en los intersticios de la sociedad a base de hacer propaganda de ella. Partidos políticos, sindicatos, cargos electos desde Ayuntamientos hasta el Congreso de los Diputados. Directivos de las empresas del IBEX 35. Ejército y policía. Iglesias. Fundaciones y asociaciones. Solicitantes de ayudas públicas…

Hay santos que dicen resistir todas las tentaciones, y funcionarios honrados que resisten la mayoría de ellas. Pero cuando el tamaño del soborno es considerable y el castigo, en caso de ser atrapado, es pequeño, muchos funcionarios sucumbirán. En efecto, lo expresa muy gráficamente Robert Klitgaard, “la corrupción es un crimen de cálculo, no un crimen pasional”  (1)

Samuel Huntington quien fuera asesor de Lyndon B. Johnson y defensor de los bombardeos a las zonas rurales de Vietnam, afirmó que lo único peor que una sociedad con una burocracia rígida, sobrcentralizada y deshonesta es una sociedad con una burocracia rígida, sobrecentralizada y honesta.

El Registro Central de Penados en España, disponible desde  2007, ofrece el número de condenados por sentencia firme cada año por tipo de delito.

El problema es que este Registro no permite efectuar una fotografía de conjunto,  ya que teniendo en consideración la lentitud de las causas relacionadas con la corrupción (Una sentencia firme puede dilatarse hasta 9 ó 10 años, si se cuentan los tiempos de duración de los procesos de primera instancia, en apelación y ante el Tribunal Supremo), el dato de los condenados por corrupción y año no es indicativo o real. (2)

Especialmente reveladora del clima de corrupción existente para poder ascender en la escala social es una encuesta realizada en 2010, en la que se preguntó cuál era el factor más relevante para llegar a ser rico en la sociedad española. Más del 56 por ciento apuntó “tener buenos contactos y cultivarlos”. (3)

Se podría catalogar como sistémica, si se pretende ser riguroso con las clasificaciones y categorías, la corrupción política en España. La corrupción política, como apunta el Doctor en Derecho Dopico Gómez-Aller, es “estructural y no coyuntural, no sólo deriva de su persistencia y extensión, sino de la reiteración de pautas delictivas similares y de su vertebración por todo el territorio”.

Según el CIS, siete de cada diez españoles se mostraban disconformes en 2009 con la afirmación de que “el sistema judicial castiga a los culpables sin importar quiénes son”.

Normalizar y extender la pequeña corrupción, la pequeña delincuencia, hasta convertirla en un fenómeno de masas, sirve para enmascarar la gran corrupción y delincuencia asentada en Altos cargos de la Administración, en los Consejos de Administración de bancos y empresas. Y alimentar la propaganda y difusión de las violencias domésticas hacia criaturas, mujeres y ancianos, sirve de tapadera para enmascarar la violencia de clase que se da cotidianamente, a través de trabajos mal remunerados, ilegales, peligrosos, tóxicos, penosos, etc. que la enmascaran denominándola accidentes de trabajo.

En 1714, Bernard Mandeville publicaba un largo texto con el nombre de “La fábula de las abejas o, vicios privados, públicos beneficios”, en el cual ya referencia la corrupción de la llamada Justicia: “Y la misma Justicia, célebre por su equidad, aunque ciega, no carecía de tacto; su mano izquierda, que debía sostener la balanza, a menudo la dejaba caer, sobornada con oro; y aunque parecía imparcial tratándose de castigos corporales, fingía seguir su curso regular en los asesinatos y crímenes de sangre; pero a algunos, primero expuestos a mofa por embaucadores, los ahorcaban luego con cáñamo de su propia fabrica; creíase, empero, que su espada solo ponía coto a desesperados y pobres que, delincuentes por necesidad, eran luego colgados en el árbol de los infelices por crímenes que no merecían tal destino, salvo por la seguridad de los grandes y los ricos”. (4)

Más de un siglo después, en una sociedad que ya había hecho de la competencia un credo, no es de extrañar que esta misma competencia forme parte y aliente la corrupción y la delincuencia. Así lo analizaba F. Engels hace más de ciento cincuenta años en Apuntes para una crítica de la Economía Política: “La concurrencia (competencia) es el gran resorte que incita a la actividad siempre y nuevamente nuestro viejo y durmiente aprovechable orden social, o mejor desorden, pero que también consume una parte de las fuerzas que se van a pique en cada nuevo esfuerzo.

La competencia domina los numéricos progresos de la humanidad, ella también domina sus progresos morales. Quién esté familiarizado de alguna manera con las estadísticas sobre los crímenes, le debe de ser llamativa la regularidad propia con la que progresan los crímenes anuales, con la que se producen a causas fundadas crímenes fundados.

Se puede determinar previamente la cantidad de detenciones, casos criminales, incluso la cantidad de asesinatos, de ladrones, los pequeños robos, etc., de una gran ciudad o de un distrito con la justa exactitud todos los años. Esa regularidad demuestra que el crimen también reaccionaría ante la competencia, que la sociedad produce una demanda después de los crímenes, que sería correspondido a través de un abastecimiento adecuado, que haría los huecos que a través de las detenciones, transportaciones o ejecuciones, y de inmediato rellenaría a través de otros nuevamente, con otras palabras, que los crímenes presionan igual sobre medios de castigo que los pueblos sobre los medios de empleo. Cómo de justo es castigar los crímenes bajo esas circunstancias, al margen de todos los otros, lo dejo a cargo del juicio de mis lectores. Por el resto, de lo que se trata para mi es de demostrar la competencia también en el terreno moral y de señalar como la propiedad privada ha llevado al humano a la más profunda degradación.” (5)

Poco ha cambiado desde entonces, en todo caso ha aumentado debido a la utilización de la propaganda, más o menos como lo define Giulio Palermo en su ensayo La competencia y los tentáculos del capital en la era neoliberal: “La competencia es la fuerza coercitiva que impone las leyes del capital a los individuos y a la sociedad en su conjunto… Ahora, en el pleno desarrollo de la era neoliberal, la competencia se ha impuesto como un criterio de racionalidad en las relaciones sociales.

La competencia se impone culturalmente… se ha convertido así en una norma social, un principio jurídico, un valor moral, una referencia universal en todos los actos de la vida social, mucho más allá de la esfera de la producción de mercancías. Competir en la escuela, en la actividad física, en el arte y en la escritura de artículos científicos deviene algo natural. El problema es que, tanto en la derecha como en la izquierda, la competencia no se concibe de forma crítica”. (6)

Podríamos concluir que la incesante competencia está inserta en la práctica de la corrupción y la delincuencia. En una escala siempre creciente, y si no procuramos luchar para construir un tipo de sociedad con atributos morales distintos de los impuestos por el capitalismo, tenemos corrupción y delincuencia para rato.

 

Josep Cónsola

Noviembre 2025

 

REFERENCIAS

(1) https://www.imf.org/external/pubs/ft/fandd/spa/2000/06/pdf/klitgaar.pdf

(2) https://www.scielo.cl/pdf/politcrim/v13n25/0718-3399-politcrim-13-25-00104.pdf

(3) https://letraslibres.com/revista-espana/esto-funciona-asi-anatomia-de-la-corrupcion-en-espana/

(4) https://resistir.info/livros/la_fabula_de_las_abejas.pdf

(5) https://www.marxists.org/espanol/m-e/1843/noviembre/apuntes.htm

(6) https://www.redalyc.org/journal/4255/425577475003/html/