CONTRIBUCION AL DEBATE EN TORNO A LA SOLIDARIDAD INTERNACIONALISTA

 

(Ponencia presentada en el Taller Internacional “América Latina ante el Tercer Milenio” organizado por el Centro Félix Varela y realizado en La Habana, Cuba, del 27 de Octubre al 1 de Noviembre de 1.995.)

 A MODO DE INTRODUCCION

La ponencia que presento a este evento es un trabajo de reflexión realizado a partir de la observación de dos fenómenos sociales de la vida española.

Dichos fenómenos son:

  1. La fragmentación de la clase obrera asalariada ocupada, dentro mismo de los centros de trabajo, entre aquellos que, por disponer de un contrato de trabajo permanente o fijo se creen gozar de un status superior a los que tan sólo disponen de un contrato temporal, a tiempo parcial, etc.
  2. La desaparición de la mayoría de Comités de Solidaridad en su concepción de no legalizados, sus métodos de trabajo político-ideológicos concretos, su trabajo militante, su independencia, su radicalidad y su negación del capitalismo mundial. La proliferación de ONGD,s, tanto de nueva aparición como fruto de la metamorfosis de algunos Comités de Solidaridad, plenamente legalizadas, con una maquinaria técnico-operativa acorde a los cánones que marca la legislación vigente, basadas en la “productividad” mercantil de sus proyectos, la “humanidad” de sus propuestas y la “efectividad” de sus componentes.

En España, a lo largo de estos últimos 20 años denominados de transición hemos sido testigos  del desmantelamiento, en aras de la eficacia, de las iniciativas solidarias que proliferaban a finales del franquismo en torno a los sectores de oposición política. Miles de personas, socialmente activas, han ido dejando voluntaria o involuntariamente en manos  de profesionales la gestión de un amplio abanico de aspectos concernientes a su vida y su entorno. Han desaparecido así los movimientos sociales, a la vez que se enrarecía la participación política tanto en partidos como en sindicatos.

Los años 90 encuentran un país totalmente transformado. El continuo deterioro del mercado de trabajo y el bloqueo político derivado de la caída de los modelos existentes en el este europeo, extiende una gran incertidumbre hacia el futuro. El enunciado propagandístico del sistema, que va calando profundamente en las conciencias, de que “hay lo posible, lo que puede haber” hace que poco a poco se vaya renunciando a los sueños transformadores en un repliegue total hacia el dictado de la economía.

Aparentemente la oposición ha desaparecido, pero la apatía que se extiende a nivel general y los comportamientos llamados antisociales con que muchos jóvenes desahogan su frustración y su rabia aparecen como síntomas claros del resquebrajamiento social, que ya no puede ocultarse tras la aparente fortaleza del nuevo orden mundial.

En la cúpula del sistema cunde el pánico y el pesimismo ante un futuro que se prevé hostil para todo el mundo y enmarcado en graves tumultos callejeros provocados por los marginados interiores e invasiones inevitables de los hambrientos del exterior. Se llama a cerrar filas. La maquinaria del sistema ha de fortalecerse y así vemos como desde entonces no paran de formularse proyectos que sirvan para aglutinar e identificar a una mayoría de ciudadanos con los planes del capital en una continua simulación de normalidad.

Las primeras llamadas institucionales al voluntariado fueron hechas con motivo de los grandes espectáculos de trapicheo económico de 1992 (Olimpiadas, Expo, etc.) y sirvieron para constatar la enorme rentabilidad económica y política que supone la canalización del potencial altruista de la gente. Potencial con el que será importante contar en el futuro a fin de cubrir los vacíos asistenciales que va dejando a su paso la política económica neoliberal del estado.

La ayuda a ancianos, enfermos, pobres, inmigrantes, etc., se potencia institucionalmente con el mismo entusiasmo que la implantación de determinados grupos folklóricos o “culturales”, y es que hay otra cuestión importante: El enorme valor aglutinante y de consolidación social que supone mantener a la gente ocupada en actividades pretendidamente sociales, mal o nada retribuidas, pero que vienen a suplir el ahora escaso encuadramiento laboral.

En esta misma línea, en los últimos años hemos asistido en nuestro país a un gran crecimiento u proliferación de ONG,s de todo tipo. De pronto, parece que un montón de jóvenes y no tan jóvenes se han puesto en marcha “olímpicamente” para poner orden de una forma “eficaz” en la miseria planetaria.

Indudablemente ya existían antecedentes importantes en la historia reciente de este tipo de actividades que abarcaban un amplio aspecto práctico e ideológico. Desde grupos religiosos con fines misioneros y caritativos hasta vanguardias revolucionarias de apoyo a movimientos insurreccionales.

Sin embargo. las organizaciones actuales contienen nuevos elementos que merece la pena resaltar.

Uno de ellos es que si bien en medio del anterior amplio abanico de grupos cabía una crítica radical al desarrollo capitalista causante del subdesarrollo, actualmente la lógica de la eficacia y la rentabilidad se ha implantado en estas organizaciones imponiendo fines eminentemente prácticos en los que se diluyen todas las diferencias ideológicas. Ya no tiene sentido analizar la causa del mal, se trata sólo de paliar sus efectos y nada puede hacerse sin contar con los amplios recursos institucionales.

Con una pretensión de autonomía, sin embargo, todos los grupos activos tienden a encuadrarse en una ONG a fin de poder optar a subvenciones que, a su vez, sólo se conceden a aquellos proyectos que encajan en la línea de intervención definida por organismos convergentes al final en la política trazada por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Y esto no puede ser de otra forma, aunque a veces parezca que es posible desviar fondos para sufragar actividades antagónicas a los intereses del capital.

Echemos una mirada a algunos de los mecanismos que se han puesto en funcionamiento en la extensión de la actividad de las ONG,s.

– El sentimiento de culpa que se ha extendido entre amplios sectores de la población, mínimamente acomodada, por creerse beneficiaria de una forma de vida que sólo es posible gracias a la explotación del tercer mundo. Sentimiento sobre el que se recrea un moderno “discurso de solidaridad” cargado de un humanitarismo generador de caridades y que no sabe o no quiere saber nada de la “ayuda mutua” que le dio significado en su concepción terminológica el entorno de la lucha de clases.

– La posibilidad de acceder a la gestión de importantes fondos económicos que en su canalización permiten la creación de múltiples empleos, más o menos retribuidos, para los parados de aquí. Hay que tener en cuenta que si bien existen algunas organizaciones que se nutren exclusivamente de actividades voluntarias, no son pocas las que se han convertido en auténticas empresas que nada tienen que envidiar a las que operan en el mercado en cuanto a su estructura y métodos de gestión. Se puede decir que con ellas aparece un nuevo sector productivo que se desarrolla a pasos agigantados, capaz de dar salida a un excedente de producción de baja calidad u obsoleto para las exigencias del capitalismo desarrollado.

– La actividad voluntaria en una ONG a la vez que alivia conciencias, permite recuperar la autoestima y “llenar de sentido” una vida cada día más mediatizada, menos autónoma. El juego de simulación en el que se cae actuando como si realmente la “ayuda al desarrollo” resolviera la terrible desigualdad social, permite recomponer identidades tocadas de muerte con la desestructuración social.

– La canalización de la rebeldía es otro de los mecanismos importantes a tener en cuenta. El descontento y la angustia frente al futuro que invade a la juventud y que, en los sectores menos favorecidos, tiende a expresarse mediante comportamientos claramente antisociales, aquí, mezclado con altas dosis de altruismo, se desactiva en el desarrollo de labores claramente enmarcadas en un posibilismo reformista.

 

SUBDESARROLLO

Algunas teorías pretenden definir el subdesarrollo como la falta de desarrollo, pero esta definición no tiene en cuenta el factor causal, una realidad histórica cuyo origen debe situarse en el comercio y la división internacional del trabajo en la época mercantilista y colonial previa al capitalismo y profundizada por éste.

Así, el desarrollo, su definición y sus objetivos serán distintos si se aceptan o no sus elementos causales.

El Banco Mundial entiende que: “El objetivo global del desarrollo es dotar de mayores derechos económicos, políticos y civiles a todos los seres humanos, sin distinción de razas, sexos, grupos étnicos o país.”, como si el desarrollo fuera el elemento consustancial a unos derechos jamás existidos en las sociedades, países o zonas geográficas actualmente subdesarrolladas.

Pero la teoría del subdesarrollo no puede basarse en simples elementos casuales, sino como una teoría del desarrollo que explica como el desarrollo de algunas zonas ha sido posible tan sólo produciendo subdesarrollo en otras.

El origen histórico de los capitales que han hecho posible el actual desarrollo de los países europeos estaba en los países hoy día subdesarrollados y no en la propia Europa.

Es imprescindible para mantener la supremacía de los países desarrollados, que los intelectuales, obreros, campesinos, profesionales, técnicos, científicos y políticos del tercer mundo acepten que su subdesarrollo se debe mayormente a elementos casuales.

Es también imprescindible que el conjunto de clases sociales de los países desarrollados acepten un desarrollo sostenido, sin profundizar demasiado en las consecuencias que dicho desarrollo acarrea en terceros países, ni en los métodos utilizados por sus respectivos gobiernos para conseguirlo.

El pensamiento revolucionario, el movimiento revolucionario en los países industriales desarrollados y con altos niveles de renta, no tienen porqué asumir totalmente el expolio histórico que sus clases dominantes han ejercido sobre el tercer mundo, aunque se hayan beneficiado de él, o incluso en determinados momentos hayan colaborado, más por omisión que por acción, en el mismo.

Lo que sí debe plantearse hoy el movimiento  revolucionario es qué hacer, como finalizar la colaboración con las clases dominantes de sus respectivos países para impedir perpetuar la subordinación del tercer mundo.

En cualquier país, independientemente de su nivel de riqueza, existe una contradicción objetiva entre poseedores y desposeídos, entre clases dominantes y dominados, entre partidarios del modelo capitalista de desarrollo y revolucionarios defensores de modelos alternativos, de igualdad social, económica, cultural y política.

Deberían establecerse múltiples lazos de colaboración entre los sectores revolucionarios de cada país y entre todos los países, utilizando como eje vertebrador un análisis sobre el desarrollo y su relación con el desarrollo del subdesarrollo, tanto durante las épocas de acumulación capitalista como en la actualidad, en plenitud imperialista de dominio de las grandes corporaciones transnacionales.

Los antecedentes y actualidad de los elementos causales del subdesarrollo, efectuados desde las metrópolis coloniales de antaño y países desarrollados hoy, aunque sean realizados mediante una interpretación materialista de la historia, quedarán fragmentados si no se complementan con la interpretación que de los mismos han realizado, los sectores revolucionarios de los países subdesarrollados.

La co-elaboración en el análisis y en la orientación de las acciones por parte de sectores revolucionarios, tanto de los países desarrollados, como de los subdesarrollados, permitiría establecer con más claridad que en la actualidad, la acción política adecuada en el interior de cada país y en las interrelaciones entre sectores revolucionarios de diversos países.

La misma existencia de los denominados marxismo africano, marxismo asiático, marxismo sudamericano, y los elementos de contradicción, si no de confrontación con el marxismo europeo, indican una insuficiencia importante en la elaboración conjunta o co-elaboración.

Dichas contradicciones se manifiestan tanto en la acción política interna como internacionalista y abarcan desde las organizaciones revolucionarias armadas, hasta los movimientos de resistencia pasiva.

Diversas lecturas en torno al desarrollo, subdesarrollo y desarrollo del subdesarrollo no favorecen precisamente la necesaria acción coordinada para enfrentarse al capitalismo en su etapa actual y sí en cambio favorecen la consolidación de las tendencias actuales.

 

DESARROLLO DEL SUBDESARROLLO

El moderno desarrollo del subdesarrollo debe situarse a principios del siglo XVI mediante el aumento de la actividad comercial y mercantil europea y el crecimiento de la producción colonial.

Con la ganancias del comercio y producción colonial se financió la revolución industrial europea que supuso un enorme trasvase de población de la agricultura a la industria y la destrucción de la manufactura artesanal, creando un excedente de población activa.

Si fue posible que la economía europea (fundamentalmente inglesa) absorbiera su fuerza de trabajo excedente, a un costo muy alto, fue debido porqué se obligó a la agricultura de los países colonizados absorber la fuerza de trabajo que con antelación se dedicaba a la industria y artesanía.

Industria, artesanía y agricultura mucho más desarrollada que la europea en el siglo XVII y parte del XVIII, (sobre todo en Asia y Oriente Medio) eliminada por la fuerza y por la imposición de modelos de intercambio comercial desiguales.

Ningún país colonial de África o Asia consiguió mantener el ritmo de desarrollo existente en el siglo XVI.

Asia y Oriente Medio con una industria textil mucho más desarrollada que en Europa, una manufactura artesanal muy avanzada y un equilibrio con la producción agraria fueron durante muchos años los suministradores de ropa, especies y alimentos para Europa.

Dichos suministros fueron utilizados como parte de las mercancías de cambio a algunos grupos étnicos en el oeste Africano para la obtención de esclavos, que  eran trasladados a América para trabajar en la producción de alimentos y extracción de oro, plata y otras materias.

Dichas producciones eran utilizadas a su vez para el intercambio comercial con Asia, Oriente Medio y norte de África antes de que estos continentes fueran ocupados militarmente por los ejércitos de diferentes países europeos, fundamentalmente por ingleses, franceses, italianos, españoles, holandeses y portugueses.

En América, la población autóctona fue mayormente eliminada, (a diferencia de la India, Indonesia, Indochina, Egipto, etc.) y los colonos trasladados allí por las metrópolis europeas, España, Portugal, Inglaterra, Francia, Holanda; insuficientes y no dispuestos a realizar ciertos trabajos en las minas, y en cuanto a la agricultura priorizaban su propia subsistencia.

La esclavitud fue el modo de producción capitalista para asegurar en América, tanto el oro y la plata suficientes para comerciar con Asia, como la producción de alimentos necesarios para Europa en la etapa en que se producía la revolución industrial y enormes cantidades de campesinos europeos eran obligados a abandonar el cultivo de la tierra para incorporarse a las nacientes industrias.

Por lo general el asentamiento y la explotación colonial se centró en las zonas más ricas, ya sea de suelo fértil o de yacimientos de metales preciosos.

En África occidental, ingleses, portugueses, españoles y holandeses no encontraron inicialmente los lugares adecuados para las producciones que la vía de desarrollo europeo exigía.

Por otro lado, una población que resultaba imposible dominarla por no disponer de estructuras feudales consolidadas como en la India u Oriente Medio, e imposible de eliminar físicamente por su cantidad y dispersión.

Así la monoproducción que los europeos establecieron en África occidental fue la de fuerza de trabajo esclavizado, y las herramientas utilizadas fueron las armas producidas en Europa, las telas producidas en Asia y el alcohol (ron) procedente de América.

Datos de diversas fuentes señalan que alrededor de cien millones de pobladores africanos fueron extraídos de su tierra, y una cantidad incalculable emigró a zonas del interior para escapar de la esclavitud, lo que concentró en diversas áreas poco fértiles una enorme densidad de población que produjo un desequilibrio jamás superado.

Hasta avanzado el siglo XVIII no se empezó a explotar la producción de aceites vegetales en África y posteriormente la minería.

En el norte de África el proceso colonizador fue más similar al empleado en Asia y Oriente Medio.

Las características consolidadas del proceso de desarrollo del subdesarrollo aparecidas en los países colonizados durante el siglo XVIII fueron:

 

  • Paralización de la diversificación agraria e imposición del monocultivo para la exportación.
  • Dedicación de todos los recursos materiales y humanos a la producción de bienes de exportación.
  • Paralización del desarrollo de la producción manufacturera para el consumo interno.
  • Importación de equipos de producción, bienes manufacturados, bienes suntuarios e incluso bienes alimentarios básicos.

 

Diferencias importantes en cuanto a las vías de desarrollo, son las que dieron origen a las colonias, por un lado las colonias de colonos blancos (asentamientos migratorios de las metrópolis europeas) y por otro las colonias de explotación dependientes de las metrópolis.

Sin entrar en el tema, apreciar que en este origen radica la diferente vía de desarrollo de Norte América y Australia.

Las vías de desarrollo en China y Japón, por sus características peculiares han sido distintas. Japón debido a que la infertilidad de su suelo y su atraso no resultó nunca apetecido por ninguna potencia colonial y continuó su vía de desarrollo. China, a excepción de pocas zonas del sur y sudeste, no fue invadida y continuó su via de desarrollo.

Se rompieron los equilibrios entre agricultura, industria, tecnología, estructura demográfica y sistema de organización social, impidiendo el posenlace con la producción industrial por parte del campesinado, y el preenlace de dicha producción con la producción de bienes de producción.

En Africa, Asia y América Latina, la rápida expansión de producción de materias primas no generó un despegue hacia la producción local autosostenida de bienes de producción preenlazados y bienes procesados posenlazados. Dichos preenlaces y posenlaces si se lograron en EE.UU., Canadá y Australia.

Las causas que impidieron dichos enlaces y con ellos las vías de desarrollo, básicamente fueron las invasiones militares y mediante ellas:

 

  • La propiedad extranjera de los medios de producción.
  • El control extranjero de la comercialización.
  • La limitación en la expansión del procesamiento de la producción industrial local y la transferencia de dichos procesamientos a las metrópolis coloniales.
  • La importación de bienes procesados.
  • La imposición de impuestos y tributos.
  • La expropiación de los beneficios obtenidos de las exportaciones.

A partir de la supuesta independencia de los países colonizados, éstos continuaron dependientes de las antiguas metrópolis o de las nuevas potencias desarrolladas, mediante una alianza económica, política e ideológica de los sectores capitalistas internos exportadores, con los intereses capitalistas europeos o norteamericanos.

Las reformas liberales sirvieron para acelerar el proceso de producción de bienes de exportación, al estar encabezadas por los sectores capitalistas comerciantes, mineros y agrarios partidarios de la exportación.

  

LA TEORIA DE LA POBLACION

Del mismo modo que el discurso teórico sobre la balanza de pagos ha ocultado con un velo monetario el desequilibrio de la balanza comercial de mercancias, cuyo papel en el proceso desigual de desarrollo y subdesarrollo ha sido crucial, la Teoría de la Población ha imprimido un discurso para difuminar algunas de las causas de la miseria.

La extensión de los monocultivos en las zonas más fértiles y la excesiva explotación de la tierra han convertido dichas zonas en las menos productivas hoy, y la expulsión de la población autóctona de dichas zonas ha originado las grandes hambrunas y depauperación.

El postulado central de la Teoría de la Población de Malthus sostiene que existe una tendencia constante de todos los seres vivos a multiplicarse más rápidamente de lo que permiten los alimentos de que disponen.

De ahí la conclusión de que el aumento de la población transcurre en progresión geométrica mientras que la magnitud de bienes de subsistencia sólo aumenta en progresión aritmética. Al decir de Malthus existiría una superpoblación  absoluta y no relativa.

Partiendo de esta tesis, Malthus concluyó otra extraordinariamente provechosa para el capitalismo según la cual, la causa de la miseria, el desempleo y la indigencia no tienen su origen en el modo de producción, sino en la propia naturaleza del ser humano, en el hecho de que la población se multiplica a ritmos excesivamente rápidos.

La progresión geométrica de Malthus estaba basada en una falsificación de los hechos porqué tomó las cifras de aumento de la población de EE.UU. en el siglo XVIII, dejando de lado que dicha población había crecido básicamente debido a la emigración y no al aumento vegetativo.

Las corrientes neomalthusianas han modificado el discurso original, aunque mantengan las mismas concepciones de fondo. Estos señalan que la causa fundamental de la superpoblación y la miseria reside en la incongruencia entre el crecimiento vegetativo de la población y los medios de producción -tierra y capital- disponibles.

Las campañas de control de la natalidad y esterilización de la población masculina y femenina de los países subdesarrollados organizadas por la O.M.S., responden a estas teorías.

 

EL DESARROLLO CAPITALISTA DESIGUAL

En la segunda mitad del siglo XX ha tenido lugar en los países subdesarrollados la denominada política de sustitución de importaciones, mediante la producción local de bienes industriales para el mercado interno.

Esta ha sido la política oficial de la C.E.P.A.L. para América Latina y de la U.N.C.T.A.D. para la India y Sudeste Asiático, que además han intentado extender su industrialización mediante la exportación de sus productos manufacturados a los países industrializados.

En algunos países se ha producido un crecimiento industrial pero sin el correspondiente desarrollo económico. Dicho crecimiento forma parte de la nueva división internacional del trabajo.

Como política de desarrollo, la sustitución de importaciones ha resultado un fracaso, y como análisis del proceso de desarrollo no ha tomado en cuenta el factor principal: El imperialismo y la estructura de clases.

La política de sustitución de importaciones no ha sido producto de gobiernos progresistas, sino de la reacción de la burguesía exportadora ante la imposibilidad de seguir produciendo y sacando beneficios una vez finalizada la segunda guerra mundial y la reconstrucción posterior europea. Estas burguesías son los socios menores de los monopolios internacionales en la nueva división internacional del trabajo.

La evolución de esta nueva división internacional del trabajo requiere que los países subdesarrollados sustituyan un tipo de importaciones por otras, acordes con la sustitución de exportaciones de los países desarrollados de bienes de consumo por la de bienes de producción y cierta tecnología.

También requiere que los países subdesarrollados con una inversión de capitales de procedencia extranjera, asuman la producción de ciertos bienes industriales, tanto para su mercado interno o para la exportación a países vecinos, y para la exportación a los países desarrollados cuando la producción de estos bienes ya no produce grandes ganancias.

La división internacional del trabajo precisa asimismo del mantenimiento de la brecha tecnológica entre los países desarrollados y los subdesarrollados.

En los países subdesarrollados, la manufactura tradicional y sus relaciones económicas y sociales con los demás sectores de la economía fueron destruidas, pero en lugar de ser reemplazados por el crecimiento local de la industria, tal como ocurrió en Europa o Norteamérica, lo fueron por esta misma industria europea o norteamericana.

En los países donde los principales medios de producción del sector de exportación eran extranjeros, sufrieron un debilitamiento mayor de sus burguesías y un nivel más bajo de acumulación de capital, que aquellos donde al menos la producción (no la comercialización) del principal producto primario de exportación siguió en manos del capital nacional. A pesar de esta circunstancia favorable, ningún país ha conseguido avanzar en un desarrollo económico capitalista nacional autosostenido.

El motivo del fracaso para lograr un desarrollo capitalista nacional autosostenido, o escapar del proceso de desarrollo del subdesarrollo,  independientemente de su tasa de crecimiento,  es la transformación de toda la economía mundial capitalista en la última etapa de acumulación capitalista mundial, la renuncia de las burguesías nacionales a enfrentarse a las pretensiones del imperialismo y la aceptación de dichas burguesías de mantenerse dentro de los límites cada vez más estrechos del modo de producción capitalista en la epoca del neoimperialismo.

 

Mantener el ritmo de desarrollo económico en los países desarrollados exige la no acumulación de capital en los países subdesarrollados, ya que toda acumulación que permanezca en estos países supone un descenso en la tasa de ganancia de los capitales transnacionales y una regresión económica en los países donde están ubicadas sus sedes centrales.

A dicha exigencia responden las llamadas transferencias netas de capital desde los países subdesarrollados a los desarrollados en forma de repatriaciones de beneficios de las empresas transnacionales y los intereses de la deuda externa. Hay que añadir el pago de aranceles por los productos exportados, la diferencia en el precio de los fletes, la imposición de las normativas de la O.M.C., el control de precios de las materias primas, la propiedad sobre los medios de transporte marítimos y aéreos, la brecha tecnológica,…

Debemos sumar a todo ello los beneficios obtenidos por la venta de material militar y productos derivados de la industria médico-farmacéutica, ambos totalmente controlados por empresas o gobiernos de países desarrollados.

 

EL CAPITALISMO DESARROLLADO

Cualquier descenso en la obtención de las tasas de ganancia preestablecidas por el capitalismo en los países desarrollados, se transforma en un descenso del nivel de vida o de consumo para los sectores asalariados de dichos países.

Mediante una fantástica combinación entre una elevación del nivel de vida de la clase obrera, el consenso social y político alcanzado, los sistemas educativos y los medios de comunicación; se ha conseguido una opinión generalizada de que no existe relación entre el nivel de vida alcanzado en sus países y la miseria en el resto del mundo. La mayoría de sectores sociales, entre ellos una parte muy importante de la clase obrera, han sintonizado con la formulación imperialista de que subdesarrollo es una etapa anterior del desarrollo capitalista.

Generalmente se ha olvidado la propia referencia histórica de una realidad social en la cual, para configurar el incipiente capitalismo europeo fue necesario el expolio de las tierras a los campesinos, la miseria, las epidemias y los exterminios. Atenuados estos avatares desde el momento del “descubrimiento” de otras tierras, la expansión colonial y consecuente con ello, el expolio, genocidio y saqueo de las tres cuartas partes de la tierra.

Un primer ejercicio debe ser recuperar la memoria histórica y el papel desempeñado en ella por el capitalismo.

Incluso los sectores más depauperados dentro de los países desarrollados se benefician del dominio por parte de sus capitales y gobiernos sobre los países subdesarrollados. Así se explican los programas de asistencia social generalizados, los sistemas sanitarios, los seguros sociales, las prestaciones por desempleo, los sistemas educativos gratuitos,… impensables en buena parte de los países subdesarrollados.

Pero en el capitalismo, la dinámica de la población trabajadora está determinada por la acumulación de capital. Dicha acumulación no solo conduce a un incremento de los trabajadores ocupados, sino también a la formación y crecimiento de los trabajadores rechazados y por lo tanto desempleados.

En el capitalismo, la fuerza de trabajo aparece en la producción no como un factor de ésta, sino como factor del capital y a medida que crece la composición orgánica de éste, tiene lugar un descenso en la demanda de trabajo.

La clase obrera, además de mercancías, produce acumulación de capital, y produce al mismo tiempo, los medios para su propio exceso relativo. Esta es la ley inexorable del exceso de población del sistema de producción capitalista.

Pero poco a poco, la teoría revolucionaria ha ido desapareciendo de los análisis de las organizaciones obreras, sindicales y políticas en los países desarrollados, demasiado preocupadas en mantener su “status” de colaboración con el sistema, a cambio de un cierto nivel de vida y consumo.

Es preciso retomar las ideas básicas del pensamiento revolucionario en las sociedades de capitalismo desarrollado. Retomar estas ideas es combatir las tesis que atribuyen la responsabilidad del desempleo en la industria y el abandono de sectores de la agricultura, a las importaciones procedentes de los países subdesarrollados. Retomar estas ideas es combatir las tesis que parte del desempleo es atribuible a la inmigración procedente de los países subdesarrollados.

Retomar estas ideas es ser conscientes que cada subvención a la agricultura o a la industria de los países desarrollados, cada arancel impuesto a la entrada de productos de países subdesarrollados, es un incremento de la depauperación en estos países.

Retomar estas ideas es ser conscientes que cada incremento de la productividad industrial, cada hora extraordinaria realizada y no rebajar sustancialmente la jornada de trabajo, supone un freno al pleno empleo en los países de capitalismo desarrollado y aumenta la depauperación del tercer mundo.

Retomar estas ideas significa buscar las fórmulas más adecuadas para recomponer el maltrecho movimiento revolucionario con objeto de combatir y quebrar las leyes en cada país capitalista desarrollado.

Dichas fórmulas deberían ser fruto de la co-elaboración, y en ellas el análisis realizado desde los sectores revolucionarios de los países subdesarrollados, jugar un papel importante, ya que son los afectados, no solo del sistema capitalista de desarrollo, sino del desarrollo del subdesarrollo en el mismo sistema.

Cada debilitamiento del capitalismo, tanto desarrollado como subdesarrollado, es un avance del movimiento revolucionario, y con él la posibilidad de establecer nuevas líneas de resistencia, de elaboración teórica dialéctica y acción política, sobre la base de una concepción materialista de la historia y de la lucha de clases.

 

LA AYUDA PARA EL DESARROLLO

El capitalismo desarrollado, responsable del subdesarrollo y sus secuelas de analfabetismo, destrucción cultural y social, establecimiento de fronteras, enfrentamiento entre razas y pueblos, hambre y miseria,… ha encontrado el talismán que resolverá los problemas del subdesarrollo, creados por él: Los Fondos de Ayuda para el Desarrollo (FAD).

En función de las necesidades, el capitalismo desarrollado, unilateralmente desde un país o multilateralmente desde organismos internacionales, ha ofrecido diversos tipos de la denominada “ayuda”.

Después de la segunda guerra mundial, ante el peligro que el capitalismo en Europa Occidental no despegara todo lo rápidamente posible, y avanzaran las posiciones favorables a un modelo alternativo, EE.UU. destinó la “ayuda” más cuantiosa conocida hasta entonces: El Plan Marshall.

En la década de los años 60, ante la situación de auge de los movimientos revolucionarios en América Latina, EE.UU. de nuevo estableció otra “ayuda” muy importante: La Alianza para el Progreso.

Recientemente, la Unión Europea ha puesto en funcionamiento un mecanismo de “ayuda” para los países del este europeo y la CEI: El Programa PHARE.

De manera más o menos regular y continuada, los capitalismos desarrollados han concedido ayudas a sus homónimos subdesarrollados, durante la segunda mitad de este siglo. Los objetivos han sido similares en todas partes, por un lado impedir que estallidos sociales hicieran peligrar el sistema capitalista subdesarrollado, por otro dotar de algún flujo económico a dichos países, asegurando así la continuidad de las exportaciones hacia ellos y el mantenimiento del sistema industrial en los capitalismos desarrollados.

En esta línea de conducta, se van concretado las propuestas de la ONU, avaladas por la OCDE y el Banco Mundial de dedicar un 0,7 % del Producto Interior Bruto de los países capitalistas desarrollados, para la concesión de ayudas para el desarrollo. Aunque no todos los países de la OCDE dedican el citado porcentaje a estos menesteres, la totalidad de ellos son partidarios de las “ayudas” e incrementan de año en año las cantidades para alcanzar el famoso 0,7%.

Teóricamente dichos porcentajes van dirigidos a los países subdesarrollados, pero la realidad es que en una parte importante revierten en las empresas de los países capitalistas desarrollados.

La intervención de Luis Yáñez, en la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado español, el 6 de Abril de 1989, es fiel reflejo del concepto Ayuda para el Desarrollo:

“En la política de cooperación se conjugan dos aspectos, uno de solidaridad, de ética, de principios y otro de una dimensión de defensa de los intereses nacionales.

 En la medida en que podamos contribuir aunque sea en nuestra modesta cuotaparte en la comunidad internacional, al desarrollo de los países que están en situación de profundo subdesarrollo, estamos también contribuyendo a nuestro propio desarrollo, a la defensa de nuestros propios intereses nacionales de mercado, de desarrollo de nuestra economía.”

No es que el gobierno español sea mejor o peor que otro de cualquier país capitalista desarrollado, es simplemente que el sistema capitalista en las condiciones del neoimperialismo funciona así.

Durante 1995 el gobierno español dedicará alrededor de un 0,32 del PIB para ayuda al desarrollo. Un Producto Interior Bruto estimado en unos 70 billones de pesetas, lo que representa alrededor de 240.000 millones.

Durante 1995 el gobierno español dedicará a subvenciones para la agricultura española 800.000 millones de pesetas, o sea un 1,14 % del PIB, y para subvenciones a otras empresas unos 400.000 millones, es decir un 0,6 del PIB.

Los 800.000 millones de subvención a la agricultura española, es una cantidad superior al Producto Nacional Bruto de 14 países del Continente Americano, 12 del Continente Asiático, 36 del Continente Africano y 1 de Oceanía.

Las subvenciones a la agricultura son para favorecer a ésta frente a los productos “competidores” provenientes de los países subdesarrollados, y las subvenciones a la industria, pesca, etc., son para hacerlas más competitivas no frente a la Unión Europea, sino frente a las industrias de los países subdesarrollados.

La mayor parte de los fondos de la Ayuda para el Desarrollo, serán asignados, como  en años precedentes, a la concesión de créditos a bajo interés y largo plazo de amortización a diversos países, condicionando dicha concesión a su utilización en la compra de bienes y servicios a empresas españolas o europeas.

Las exportaciones españolas hacia los países subdesarrollados aumentarán como consecuencia de la asignación de unos fondos teóricamente dedicados al desarrollo de dichos países, que en la práctica desarrollarán la economía española.

Los sistemas de comunicación de masas, el sistema educativo, la intervención política y el consenso alcanzado en los países capitalistas desarrollados alrededor de su sistema, produce una reacción social favorable a la “ayuda” a los países subdesarrollados, siempre y cuando esto no suponga un peligro para el nivel de vida alcanzado. El Consejo de Europa encargó la realización de una encuesta entre los ciudadanos pertenecientes a los países de la Unión Europea para determinar la actitud de éstos ante la ayuda al denominado tercer mundo.

  • Un 98 % se mostraron partidarios de las ayudas.

En cuanto al objetivo de las mismas:

  • Un 61 % opinó que debían dedicarse para ayudar a los países subdesarrollados a ser
  • Un 17 % opinó que debían dedicarse a Calmar la miseria.
  • Un 18 % opinó que debían dedicarse a conseguir que estos países se convirtieran en Partícipes de la economía mundial.
  • Un 4 % no opinó.

Dentro de esta respuesta global, en España, Portugal y Grecia, la mayoría de encuestados opinó que el objetivo debía ser Calmar la miseria.

En Dinamarca e Inglaterra, un 70 % opinó que la ayuda debía dirigirse para que los países subdesarrollados fueran Autosuficientes.

En Francia y Holanda, un 29 % opinó que la ayuda debía dirigirse a que se convirtieran en Auténticos partícipes de la economía mundial.

Curiosa encuesta, en la cual, los representantes del capitalismo europeo preguntan a los miembros de su sociedad desarrollada gracias al desarrollo del subdesarrollo, si les parece bién dedicar un máximo del 0,7 del PIB  -en las condiciones antes descritas-  para “ayudar” a los subdesarrollados.

Curiosa respuesta, en la que tan solo un 18 % opinó que los países subdesarrollados debían ocupar un espacio en la economía mundial. Aunque por pocos cálculos que se realicen se puede ver con claridad que la actual división internacional del trabajo en el etapa del neoimperialismo impide por sí misma la posibilidad de que esto suceda.

 

LAS ORGANIZACIONES NO GUBERNAMENTALES PARA EL DESARROLLO

Una pequeña parte de los fondos de ayuda al desarrollo, son dedicados a la financiación de proyectos presentados por las ONGD,s.

Ha transcurrido mucho tiempo desde que las iglesias tenían el monopolio de la cooperación con los países subdesarrollados desde una óptica asistencial-caritativa.

Los diversos grupos o congregaciones han tenido visiones distintas de esta cooperación. Desde la puramente asistencial-caritativa, hasta las más modernas ligadas a la teología de la liberación a partir del Concilio Vaticano II y las Encíclicas de Juan XXIII “Pacem in Terris” y de Pablo VI “Populorum Progressio”.

En el ámbito liberal, dentro de los países desarrollados industrialmente aparecieron las denominadas sociedades o fundaciones filantrópicas financiadas por empresas al amparo de leyes sobre el mecenazgo. La filantropía ha servido en la mayoría de sus actuaciones para el propio desarrollo de las empresas o sociedades que lo han ejercido. (vèase en Anexo artículo de E.Richard Brown)

Un caso típico es el de los laboratorios químico-farmacéuticos que realizan estudios epidemiológicos gratuitos y distribuyen diversos compuestos químico-medicamentosos en Africa, Asia o América Latina antes de ponerlos a la venta en los países industrializados.

Todo ello dentro de vastos programas de ayuda que además incluyen alimentos infantiles, vacunas, hormonas para ceba y un largo etcétera.

Mediante los denominados Programas de Desarrollo Cultural se han removido ruinas antiquísimas, realizado investigaciones antropológicas, expoliado vestigios históricos, recopilado usos, costumbres y conductas de pueblos enteros que han ido a parar a los grandes laboratorios de ciencias sociales de las más prestigiosas universidades del mundo desarrollado.

Millones de datos, documentos, conocimientos que, como si de materia prima se tratara se han extraído del denominado tercer mundo, dándose la paradoja que cualquier estudiante mediocre de un país desarrollado tiene acceso a un caudal de conocimientos sobre cualquier país subdesarrollado, insospechado e inalcanzable para los propios pobladores de estos países.

Tanto la intervención cristiana tradicional que advertía de la naturaleza divina de la diferencia entre poseedores y desposeídos y de la benevolencia del acto de la caridad; y la intervención liberal que incorporaba algún avance técnico como aporte filantrópico, han conseguido un objetivo: Mantener la diferencia, aumentar la diferencia y mantener la caridad y la filantropía.

En el ámbito marxista, a nivel teórico, la base de la colaboración era actuar sobre los elementos causales del subdesarrollo. A nivel práctico las cosas han sido distintas.  Los autodenominados países socialistas han mantenido una base de cooperación marcada por la competencia económica a nivel internacional con los países capitalistas desarrollados y en la búsqueda de conseguir áreas de influencia en todos los continentes, más que en invertir el desarrollo del subdesarrollo.

Las diversas políticas de “integración” del CAME no han sido muy distintas de las de UNCTAD, y han mantenido los sistemas de monoproducción en los países subdesarrollados, con la diferencia que los precios eran algo superiores que los pagados por las corporaciones capitalistas, pero en cuanto a los flujos de importaciones y exportaciones, control de los medios de transporte para el comercio, y división del trabajo, mantuvieron un sistema similar al capitalista. Una parte de los marxistas de los países capitalistas desarrollados y de los subdesarrollados, se han movido a tenor de las orientaciones dictadas por los socialismos de estado.

Las explosiones revolucionarias de la década de los 60 significaron un distanciamiento de importantes sectores, tanto del sistema de cooperación religioso y liberal como de las formas instauradas por los partidos comunistas considerados oficiales.

Las raíces autóctonas de la revolución cubana, los movimientos independentistas en Africa, la guerra de Vietnam, los movimientos guerrilleros en América Latina, ciertos avances en el partido comunista chino, la teorización sobre desarrollo-subdesarrollo y sus causas,… crearon las bases para nuevas formas de cooperación autónomas: Los movimientos de solidaridad antiimperialista, anticapitalista. En las nuevas formas de cooperación confluyeron revolucionarios de variadas tendencias en los Comités de Solidaridad.

Paulatinamente, la mayoría de comités de solidaridad se han transformado en Organizaciones No Gubernamentales para el Desarrollo (ONGD,s), a efecto de poder acceder a los fondos de los Presupuestos del Estado dispuestos para realizar proyectos para ayuda al desarrollo del tercer mundo.

Así, la componente causal, base fundamental del trabajo de los Comités de Solidaridad se va diluyendo en una componente técnico-operativa para la realización de proyectos y para disponer de fondos para mantener la propia estructura de las ONGD,s.

Básicamente la cooperación se basa en la donación de algún excedente, a la creación de mínimas infraestructuras de supervivencia, a la administración de algún que otro medicamento o a la distribución de algunos  miles de lápices o libretas; sin ningún otro elemento discriminatorio político-ideológico. Mediante estos mecanismos de funcionamiento se difuminan las contradicciones existentes entre las clases dominantes de los países desarrollados y sus sectores revolucionarios y entre las clases dominantes de los países subdesarrollados y sus sectores revolucionarios.

En los países desarrollados, el consenso por parte de las ONGD,s en torno a la concepción de Ayuda para el Desarrollo de sus respectivos gobiernos, es básico a la hora de conseguir financiación. En definitiva, mantener el “stato quo” y el modelo capitalista de desarrollo para algunos países y el desarrollo del subdesarrollo para otros. En este contexto deberían plantearse la viabilidad de las ONGD,s actuales como forma de concreción del internacionalismo revolucionario.

Bajo el reconocimiento y aliento del Banco Mundial que las define como:  “Organizaciones privadas que persiguen actividades para aliviar el sufrimiento, promover los intereses de los pobres, proteger el medio ambiente, brindar servicios sociales básicos o realizar actividades  para el desarrollo de la comunidad” Se han incrementado las financiaciones a las ONGD,s de los países desarrollados, ya que “de facto” se han convertido en apéndices gubernamentales, al estar condicionado su financiamiento a la presentación de proyectos acordes con las orientaciones tanto del Banco Mundial, como de los propios gobiernos.

Una parte de las ONGD,s dedican su actuación hacia los grupos humanos marginales de los países desarrollados, otras, a los países subdesarrollados. Se han ido convirtiendo en ejecutoras de compromisos de cooperación preestablecidos por los gobiernos. Aunque los proyectos sean elaborados por ONGD,s, responden a zonas geográficas y tipología preestablecidas.

Según el informe de 1994 de la OCDE referente a la aportación española para la Ayuda al Desarrollo, se estima que el montante global dispuesto por las ONGD,s en 1992 dedicado a los países subdesarrollados ascendió a 20.000  millones de pesetas entre aportaciones públicas y privadas. La recomendación es que se debe incrementar dicho montante.

Se considera que un promedio de un 8 % de dichas cantidades se han dedicado a los gastos de infraestructura propia de las ONGD,s.

Una tesis se ha extendido por el entramado de la solidaridad, debido fundamentalmente a la debilidad actual de la teoría y práctica revolucionaria:

  • Si existe un dinero que en realidad lo aportamos los ciudadanos.
  • Si dicho dinero puede utilizarse para realizar proyectos en países subdesarrollados.
  • Si existen organizaciones con planteamientos puramente asistenciales o caritativos.

No será mejor que organizaciones con carácter más progresista respecto al subdesarrollo, participen de dichos fondos para orientarlos a otro tipo de proyectos?

Aunque cabe otra tesis: )Desde la perspectiva de un cambio radical, es lícita la colaboración con los respectivos gobiernos en la denominada Ayuda para el Desarrollo, por parte de los sectores revolucionarios de los países desarrollados?.

Durante la guerra de Vietnam, ante la pregunta de si era posible derrotar a EE.UU. y decidir su propio desarrollo, un miembro de la resistencia sudvietnamita respondió que eran necesarios tres factores:

  • La decisión de las fuerzas revolucionarias sudvietnamitas de alcanzar la victoria y por lo tanto luchar por ella.
  • La capacidad de las fuerzas revolucionarias de los países capitalistas desarrollados para enfrentarse a sus gobiernos, agudizar sus propias contradicciones y exigir el cese de la intervención, sobre todo dentro de EE.UU.
  • La Solidaridad y Ayuda internacionalista hacia los sectores que en Vietnam luchaban por la edificación de una sociedad anticapitalista.

Estos tres factores deberían contemplarse como vigentes a la hora de poner en práctica las tareas de la solidaridad  internacionalista desde el ámbito de las corrientes revolucionarias en nuestro país.

 

DERECHO AL INTERNACIONALISMO.

Mientras grandes corporaciones transnacionales penetran en todos los países, ejercen influencias, cambian gobiernos, deciden las economías, imponen elementos culturales, controlan los medios de comunicación a despecho de los intereses de la mayoría de las poblaciones autóctonas.

Cuando se están creando organismos multinacionales regionales para defender los intereses de los empresarios, corporaciones y capitales financieros o los intereses de las burguesías nacionales.

Los grupos revolucionarios de cualquier país, las alternativas al modelo social, político, económico y cultural que diseñan las grandes corporaciones transnacionales, tienen el derecho pleno a sustentar sus homónimos en cualquier lugar del planeta y en primer lugar en aquellos países que, existiendo y queriendo, disponen de menos recursos.

En fecha 3 de Enero de 1990, el entonces Ministro de Asuntos Exteriores francés, Roland Dumas lanzó al mundo un concepto que, aún no siendo nuevo de hecho, sí que supuso darle cobertura de derecho. Era el denominado DERECHO DE ASISTENCIA, INGERENCIA E INTERVENCION allí donde la “democracia o los derechos del hombre” fuesen amenazados en el interior de cualquier estado.

La ONU no tardó mucho en asumir este “derecho” y así se ha visto como desde entonces se ha respaldado la invasión de Liberia por parte de EE.UU., la invasión de Rwanda por parte de Francia y Bélgica, la invasión de Somalia por parte de EE.UU…. Esto sólo por mencionar los tres países más pobres de Africa.

En definitiva, los gobiernos de los países desarrollados se atribuyen cuantos derechos quieren, de asistencia, de ingerencia, intervención, ayuda, y cuantos más interesen a los capitales trasnacionales que representan.

Con más legitimidad los movimientos y grupos revolucionarios tenemos derechos: El derecho a luchar contra la desigualdad, contra el intercambio desigual, contra el expolio, contra la ingerencia e intervención de los poderosos y cuantos más derechos creamos necesarios para enfrentarnos al capitalismo.

Es a partir de esa legitimidad no representativa de los intereses capitalistas, no representativa de la ONU, no representativa de la OCDE, ni del Banco Mundial, ni del FMI, ni de la OTAN o la SEATO, ni de la Unión Europea; que nos atribuimos el derecho de ayuda a quienes en otras latitudes tampoco son representativos ni colaboradores de dichas instancias.

 

EDUCACION  INTERNACIONALISTA

Se debería partir de la base de una voluntad de co-elaboración que, entendiendo la actualidad de la lucha de clases en cada país y con ello la parcialidad en el momento de hacer efectiva la colaboración, tenga como objetivo coadyudar en su desarrollo.

Bajo estas premisas se debería valorar la posibilidad de acceso a los denominados Fondos de Ayuda al Desarrollo y si es posible su aplicación, asegurando la coherencia entre el discurso respecto a lo que entendemos por Educación para el Desarrollo y su posterior concreción en la práctica de la Ayuda.

El tema de la cooperación desde las instancias gubernamentales se deslinda en dos actuaciones diferentes y  complementarias. La Educación para el Desarrollo y la Ayuda para el Desarrollo.

La Educación para el Desarrollo está concebida como instrumento de propaganda ideológica con fines concretos y determinados:

  • Alejar del pensamiento de la población los elementos causales del subdesarrollo y si esto no es posible, crear la ilusión de soluciones posibles en el actual sistema socio-económico mundial.
  • Crear un consenso social en torno al carácter de la Ayuda para el Desarrollo.
  • Difundir las estrategias geo-políticas respecto a los países subdesarrollados.

Los instrumentos fundamentales de la Educación para el Desarrollo son los libros de texto y política educativa, los medios de comunicación, las campañas propagandísticas específicas y los cursos o seminarios dirigidos a cooperantes de las ONGD,s y becarios de países subdesarrollados.

La Ayuda para el Desarrollo es la concreción en proyectos, subvenciones, préstamos, donaciones, etc, a países subdesarrollados y a instituciones internacionales para el desarrollo.

Respecto al desarrollo basado en cifras, decir que las cifras no son neutras, se transcriben en lenguaje político. La palabra democracia no es neutra, se interpreta en función de intereses determinados. Y ambos términos son la base de la propaganda o educación ideológica impuesta por los grupos o estados dominantes hoy en el mundo, un mundo que tomando las expresiones de Fernando Martínez Heredia es:

TRANSNACIONAL EN LO ECONOMICO en el cual no se pueden definir los orígenes ni composición nacional de los grandes capitales que se mueven via sistemas informáticos de una punta a otra del planeta, que invierten grandes sumas en algunos países o simplemente desaparecen en otros.

TOTALITARIO EN LO CULTURAL en el cual la homogeneización de conceptos vía sistemas educativos, de la investigación, la ciencia, las escalas de valores, los principios éticos,… responden a esquemas preestablecidos por el capitalismo desarrollado.

HOMOGENEAMENTE DEMOCRATICO entendido como la universalización del acto de renuncia al ejercicio político directo por parte del conjunto de la sociedad, y la concesión del derecho al ejercicio político a una casta privilegiada en sintonía con el sistema socio-económico imperante.

Ante estas realidades, la Educación para el Desarrollo, o mejor, EDUCACION SOLIDARIA o EDUCACION INSUMISA, debería tener como objetivo la explicación de los motivos causales del subdesarrollo, la difusión de conceptos alternativos de desarrollo, y la necesaria pérdida del actual nivel de vida y consumo en los países desarrollados como condición indispensable para avanzar hacia un desarrollo en la totalidad del planeta.

Desarrollo sin más, se presta a interpretaciones tan dispares que, un incremento del PIB per cápita, un cierto aumento de la escolaridad, un cierto aumento de las exportaciones,… hay quienes lo consideran desarrollo, cuando no es más que aumento de la producción. El desarrollo no puede tener solamente una lectura numérica monetaria, el desarrollo alternativo debemos interpretarlo como un avance social en su integridad que elimine diferencias socio-económicas entre los seres, que mida las cosas por su valor de uso, que acepte, respete y promueva la diversidad y diferencia cultural, que no destruya la naturaleza, que elimine la propiedad privada, intelectual, sobre la investigación científica, sobre los bienes de producción y sobre la naturaleza.

No cabe duda que el desarrollo alternativo deberá ser un avance lleno de contradicciones, de saltos, de victorias y derrotas, de influencias diversas. Un avance no homogéneo en cuanto a la cantidad y localización de personas o grupos que en él intervienen.

El sistema social capitalista dispone una escala de valores que aceptan, promueven y consagran la diferencia entre las personas en base a su capacidad económica, a la magnitud de sus posesiones, a la acumulación de bienes materiales. Esta es una razón por la cual “desarrollo” está ligado a estos conceptos. Es más, la literatura, la ciencia, la tecnología, el arte,… también forman parte de este desarrollo cuando su finalidad es colaborar en la obtención de esta diferenciación.

La literatura es premiada e introducida en la enseñanza formal cuando es apologética o crítico-subordinada al sistema social capitalista. La ciencia y la tecnología son transformadas en propiedad intelectual o en patente industrial. El arte es valorizado en función de intereses mercantiles.

Incluso el capitalismo denomina desarrollo a ciertas formas de asesinato, como los bombardeos con aviones sofisticados, misiles computerizados, rayos láser,… La invasión a Irak por EE.UU. mostró por televisión en directo al mundo como debe ser una guerra “desarrollada”. Las matanzas de Rwanda y Burundi son mostradas por los medios de comunicación como subdesarrolladas.

La cultura del desarrollo, según esquemas del sistema capitalista, está basada en la efectividad de los resultados acordes a unos objetivos, sean cuales fueren: matar, producir, atesorar, saber,…

 

CO-ELABORACION INTERNACIONALISTA

Se debería modificar también el término Solidaridad internacional, Internacionalismo proletario, u otras denominaciones parecidas por el de CO-ELABORACION o CO-ELABORACION INTERNACIONALISTA, porqué se trata de elaborar conjuntamente objetivos presentes y perspectivas futuras en las que participen aquellos sectores que deseen modificar el estado actual de las cosas.

Los cambios de definición de las denominaciones no son cuestiones semánticas, simplemente es recuperar el lenguaje revolucionario que el sistema capitalista ha robado y que una parte de la sociedad no ha conocido. El capitalismo es tan voraz que no roba solamente bienes materiales, sino que se apodera de los lenguajes, vocablos, frases y conceptos acuñados para el enfrentamiento clasista. Los rapta, elimina dichas expresiones de todos los textos y  medios de comunicación hasta el punto que incluso algunos revolucionarios dicen que “para hacerse entender” debe usarse el lenguaje preciso del principal enemigo de la humanidad.

En relación a la Co-elaboración Internacionalista el planteamiento debería estar precedido de unas reflexiones sobre los destinatarios de la misma: )A quién.?, ) Para qué.?, ) Como se materializa.? Siempre dentro de una interrelación de los revolucionarios de los países desarrollados y subdesarrollados.

Retomando las tres condiciones que se apuntaban en relación a Vietnam , tal vez se podrían apuntar algunas hipótesis que ayuden a avanzar en esta dirección. En cuanto a Quién, como sujetos sociales, la prioridad se podría establecer hacia aquellos sectores revolucionarios con más decidida voluntad y actitud para modificar el estado de las cosas y que dispongan de menos recursos. En cuanto Para Qué, entraría de lleno la elaboración conjunta, partiendo de los mismos principios revolucionarios, para adaptar la lucha contra el sistema a las condiciones de cada sociedad.

En cuanto a la Materialización, el tema sería más amplio: Debería comprender ésta, tanto en el seno de los países desarrollados como en los subdesarrollados, acciones diversas pero complementarias consistentes en co-elaboración política, económica, logística, de infraestructura, de personal especializado para cada actuación concreta,…

Algunos aspectos a poner en discusión en los países industrializados debería ser las formas de oposición y boicot a la política exterior, a los presupuestos del estado,  al comercio exterior, a la industria militar,… y contra los elementos que favorecen el mantenimiento del subdesarrollo en otros países.

Para ello sería importante avanzar en un trabajo editorial y prensa solidaria, con un carácter lo más unificado posible por parte los sectores que comparten estos criterios.

Como elementos de confrontación con el sistema, además de los que han sido utilizados (protestas de todo tipo), habría que ir pensando en campañas de desobediencia, con impulso a la Insumisión civil, fiscal y militar. Organización de una red de activistas en las empresas y sindicatos para impedir los incrementos de productividad. Campañas de boicot a productos, bienes y servicios elaborados por corporaciones transnacionales neocoloniales.  Campañas para el descenso del consumo superfluo. Penetración en los circuitos informáticos de los mercados financieros. Creación de emisoras móviles de radio y TV. Recogida de aportaciones económicas. Y, en base a la co-elaboración, cuantas acciones más sean necesarias.

En cuanto a los países subdesarrollados, co-elaborar las formas de materialización cuyo espectro debe ser amplio, desde la instalación de infraestructuras propagandísticas hasta aporte de técnicos en métodos de organización social alternativa, o financiación para disponer de elementos materiales considerados básicos en cada momento de la confrontación social.

Para estos objetivos es irrisorio pensar que el sistema va a dedicar sus Fondos de Ayuda al Desarrollo, por lo tanto habría que descartar el acceso a ellos, lo cual significa un replanteo global del trabajo, con la convicción que los fondos necesarios deben salir de quienes comparten el proyecto y de quienes a través de ellos quieren realizar su aporte. Recuperar la militancia solidaria, el internacionalismo, la convicción de que el proyecto planteado es justo.

Coordinación y revitalización del movimiento revolucionario mundial desde una perspectiva clasista, intentando crear el máximo de contradicciones irresolubles al sistema capitalista tanto en los países desarrollados como subdesarrollados.

 

 

 

Anexo

 SALUD PÚBLICA E IMPERIALISMO

  1. Richard Brown

El actual campo de la salud pública profesional debe buena parte de su crecimiento y desarrollo durante el siglo XX a las necesidades del colonialismo y el neocolonislismo.

Las enfermedades representaban una grave traba para las potencias imperialistas; los males tropicales diezmaban las filas del personal venido de la “madre patria” y reducían la eficiencia de las poblaciones autóctonas como fuerza de trabajo del imperialismo. Como comentaba un periódico popular en 1907:

 “La enfermedad sigue diezmando a las poblaciones nativas y hace regresar a los hombres de los trópicos prematuramente envejecidos y destrozados. Este estigma no desaparecerá hasta que el hombre blanco consiga descubrir la clave del problema. Someter grandes secciones del planeta al dominio del hombre blanco parece una gesta grandilocuente; pero se quedará en poco mas que una fanfarronada vacía de contenido a menos que dispongamos de los medios para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de estas zonas”

Para hacer frente a este problema, aplicando las ciencias médicas a las necesidades del imperialismo, empezaron a crearse escuelas de medicina tropical hacia finales del siglo pasado y principios de éste. Por ejemplo, Sir Patrick Manson organizó, en 1899, la Escuela de Medicina Tropical de Londres, con el propósito de colaborar con el Servicio Médico Colonial e intentar posponer el crepúsculo del Imperio Británico.

Estas escuelas de medicina tropical, junto con otros centros de investigación médica, consiguieron reducir en gran medida el número de víctimas ocasionado por las enfermedades tropicales, sobre todo entre el personal europeo y norteamericano. La malaria y la fiebre amarilla frustraron los intentos de Francia de construir el canal que atravesara el istmo de Panamá; pero la posterior tentativa de Estados Unidos triunfó, en cambio, gracias a los esfuerzos de Walter Reed, Williams Georges y muchos otros profesionales de la medicina.

La actividad filantrópica de los Rockefeller en el terreno de la salud pública fué una continuación de la tradición imperialista*. (Aquí se entiende por imperialismo la concentración de la propiedad de la industria y el capital financiero en los países capitalistas avanzados y el impulso que empuja a las clases dominantes de esos países a abrir otras zonas menos desarrolladas del mundo al comercio y a la inversión). Pese a su apariencia exteriormente humanitaria, los principales programas de salud de los Rockefeller en el Sur de los Estados Unidos estaban encaminados a promover el desarrollo económico de esta zona, como región económica, política y culturalmente dependiente del capital del Norte. Los programas de salud pública de la Fundación Rockefeller en países extranjeros han tenido por objeto ayudar a los Estados Unidos a desarrollar y controlar los mercados y recursos de estas naciones.

 

El “germen de la pereza” del Sur de los EE.UU.

En el momento de poner en marcha la Comisión Sanitaria para la Erradicación de la Anquilostomiasis. en 1909, John D. Rockefeller Sr., su hijo John D. Jr., y su primer lugarteniente en su imperio financiero y en sus actividades filantrópicas a la vez, Frederick T. Gates, ya contaban con siete años de experiencia en el Sur de los Estados Unidos.

El Consejo General de Educación, la primera fundación de los Rockefeller, fue creado en 1902, con una donación inicial de Rockefeller padre, por un valor de un millón de dólares. Su formación fue resultado de un generalizado y continuado interés de los industriales y hombres de negocios del Norte en la promoción de la educación en el Sur, como un medio para expandir la industrialización en aquella zona. Como señalaba esperanzadamente un informe del Consejo General de Educación (General Education Board), fechado en 1902:

“El Sur, con su variedad de recursos y de productos, posee un inmenso potencial industrial y su próspero futuro quedará asegurado si se proporciona el tipo de educación y formación adecuado a sus niños de ambas razas”.

Ello significaba cursos vocacionales y de comercio para los niños blancos y escuelas profesionales para los negros. El Consejo pensaba que “es preciso educar y formar al negro, para que se haga mas reposado, mas industrioso, mas competente”. El Consejo no consideró nunca que el pleno desarrollo del potencial humano pudiera constituir un fin en sí mismo. El Consejo General de Educación apoyó mas tarde la inclusión de los estudios de letras en los institutos para negros, porqué “es preciso formar dirigentes negros, de manera que cuando el negro busque su consejo, como suele hacer, pueda recibir la mejor orientación posible”. Inicialmente los Rockefeller tenían la esperanza de que el Consejo sería un vehículo a través del cual los capitalistas del Norte podrían contribuir a la construcción de escuelas en el Sur, con la plena seguridad de que su dinero sería gastado de manera eficiente y se destinaría a financiar el “tipo adecuado de educación”.

Poco después de iniciar el proyecto de creación de escuelas secundarias, el Consejo puso en marcha un programa sistemático de demostraciones agrícolas en todo el Sur. Las escuelas sureñas debían preparar a los negros y también a los blancos pobres para ocupar empleos industriales en el “Nuevo Sur”, y el incremento de la productividad agrícola debía financiar este programa y contribuir a engrosar el excedente exportable del país. El Consejo General de Educación contrató a Seaman Knapp e invirtió casi un millón de dólares en hacer llegar los métodos de demostración de las técnicas de cultivo de Knapp a todos los cultivadores del Sur. Knapp que compartía las nociones imperialistas de sus patronos y de los capitalistas dominantes de la época, se vanagloriaba de que “si pudiéramos enseñar a los granjeros que ahora labran la tierra, la manera de hacerlo bien, pronto estaríamos en situación de poder comprar cualquier país que se nos antojara”.

Los esfuerzos de los Rockefeller por expandir la productividad agrícola del Sur y preparar a los blancos y negros sureños para la industrialización, en fábricas e industrias pertenecientes en gran parte a propietarios del Norte, toparon con el impedimento del estado físico de la población rural. Mientras trabajaban en sus programas de desarrollo escolar y de demostración de métodos de cultivo, los funcionarios del Consejo General de Educación intuyeron más que comprendieron que había otro problema, que las gentes del Sur no eran tan eficientes como debieran.

Charles Wardell Stiles, un zoólogo del gobierno, convenció a los filántropos de la organización Rockefeller de que la anquilostomiasis era “una de las enfermedades mas importantes del Sur”  y una de las causas de “Parte de la proverbial pereza de las clases mas pobres de la población blanca“. Según declaró el Sun de Nueva York, al hacer público el descubrimiento, acababan de descubrir el “germen de la pereza”.

No fué casualidad que la organización Rockefeller escogiera la anquilostomiasis como objeto de su primera gran incursión en el terreno de la salud pública. En casos de grave infestación, la enfermedad resultante comprende una forma de anemia particularmente debilitadora, resultado del efecto combinado de la sangre que consumen los parásitos y de una inadecuada substitución del hierro a través de la dieta alimentaria. La anemia que provoca la anquilostomiasis tiende a ser especialmente grave entre personas cuya dieta posee un bajo contenido en proteinas y sales minerales. En consecuencia, la anquilostomiasis, a diferencia de la mera infestación por los parásitos, está relacionada con la malnutrición, la cual afecta de manera especial a los trabajadores situados en las categorías inferiores de la estructura social de clase. Además, la anquilostomiasis estaba y está muy extendida en zonas en las que el capital estadounidense y europeo ha hecho grandes inversiones. Dado que el parásito se propaga en un ambiente húmedo y cálido, la enfermedad va asociada particularmente a la minería y al cultivo del arroz, del café, el té, el azúcar, el cacao, el algodón y los plátanos, recursos y cultivos industriales que preocupaban a los filántropos, quienes también poseían importantes inversiones en el Sur y en países tropicales subdesarrollados. Y puesto que la anquilostomiasis disminuía las fuerzas y la productividad de los trabajadores empleados en estas ocupaciones, la enfermedad tenía un efecto directo sobre los beneficios obtenidos.

Independientemente de la medida en que gentes como los Rockefeller o Gates se sintieran orgullosos ante la idea de aliviar los sufrimientos de millares de sureños, su primordial motivación fué a todas luces la mayor productividad de unos trabajadores libres del parásito endémico. Gates, el visionario de las actividades filantrópicas de los Rockefeller en el campo de la salud, hizo comprender a Rockefeller padre, las terribles consecuencias económicas de la anquilostomiasis, citándole el ejemplo de Carolina del Norte. Las acciones de las fábricas de algodón situadas en los distritos cenagosos, gravemente infestados, valían menos que las de las hiladuras de otros condados donde había un menor número de personas infestadas por la enfermedad. Gates explicó que “ello se debe a la ineficiencia del trabajo en estas fábricas, y la ineficiencia del trabajo se debe a la anquilostomiasis que debilita a los operarios”. Gates calculaba que “según cálculos reales, se necesita alrededor de un 25% más de trabajadores para obtener los mismos resultados en los distritos donde la infestación es más grave, y también se necesita un 25% más de viviendas para los trabajadores, más maquinaria y, en consecuencia más capital, lo cual representa unos mayores costos de operación. Esta es la razón de que las acciones de estas fábricas de algodón se coticen menos y los beneficios sean más escasos”.

Los Rockefeller no poseian ninguna inversión significativa en fábricas de tejidos del Sur. Por sus amplias y variadas inversiones, les preocupaba más bien la productividad del conjunto de la economía. Y esos intereses financieros les llevaban a interesarse en términos generales por aquellas organizaciones e instituciones sociales capaces de apoyar o socavar su posición inmensamente rentable en los Estados Unidos. Los Rockefeller hicieron de su filantropía una extensión de su capital dentro de la superestructura social. Comprendían perfectamente la unidad que existía entre sus fortunas personales y los intereses de la clase capitalista en su conjunto, y se propusieron conseguir que las instituciones educativas, la economía agrícola y la sanidad pública apoyaran mejor los intereses del nuevo orden industrial.

Aunque la campaña contra la anquilostomiasis solo cubrió en parte sus objetivos de reducir la carga económica y social que representaba la enfermedad, en cambio sirvió para alentar, tal como se pretendía, la creación de departamentos de salud pública a nivel de distrito, con personal médico con dedicación plena, encargado de atender las necesidades sanitarias de la población rural. En este sentido la campaña contra la anquilostomiasis y los otros programas patrocinados por los Rockefeller en el Sur fueron útiles para las personas generalmente pobres a las que alcanzaron. Pero también contribuyeron, al menos en igual medida, a integrar la economía sureña en el dominio nacional de los capitalistas del Norte.

Salud pública en los paises subdesarrollados

Al concluir el período de cinco años que inicialmente se previó que debía funcionar la Comisión Sanitaria Rockefeller, pasó a hacerse cargo de su tarea la recién creada Fundación Rockefeller. El primer acto de la nueva Fundación tuvo lugar en 1913, con la creación de una Comisión Interestatal de Salud que debía extender a escala mundial los programas de lucha contra la anquilostomiasis y de salud pública iniciados en los Estados Unidos. Dieron prioridad al programa de lucha contra la anquilostomiasis, “en razón de las directas ventajas físicas y económicas derivadas de la erradicación de la enfermedad, y también por la utilidad de esta labor como medio de creación y promoción de influencias”. De inmediato extendieron los programas de erradicación de la anquilostomiasis al exterior, empezando por los territorios británicos del hemisferio, para continuar luego con América Latina y Asia. En 1914 iniciaron una campaña contra la fiebre amarilla y, en 1915 lanzaron otra campaña contra la malaria.

Estos programas se pusieron en marcha en el contexto de la creciente importancia de los Estados Unidos en los mercados financieros e industriales internacionales. En 1905, Frederick T. Gates, que fué ministro baptista antes de crear la acción filantrópica de los Rockefeller en el terreno de la medicina, proclamó que los misioneros eran importantes para la prosperidad económica de los Estados Unidos. Instó a Rockefeller padre, que también era baptista y con frecuencia hacía donativos a los misioneros baptistas, a donar 100.000 dólares para una organización de misiones congregacionales. Gates explicó a Rockefeller que “por primera vez en la historia del mundo, todas las naciones y todas las islas del océano han quedado realmente abiertas y ofrecen un terreno abierto para la propagación de las enseñanzas y la filantropía de los pueblos de habla inglesa. Las organizaciones cristianas en su conjunto han invadido concienzudamente todas las costas, todos los puntos estratégicos, todos los puertos de entrada y están perfectamente asentadas dondequiera que se encuentren”. Para Gates, la transformación de los infieles en cristianos temerosos de Dios no “daba en absoluto la medida” del valor de las misiones.

Así lo expresaba Gates: “Independientemente de la cuestión del número de personas convertidas, los meros resultados comerciales que reportan los esfuerzos misioneros a nuestro país, ya valen, casi iba a decir mil veces, lo que se gasta en las misiones cada año. Las empresas misioneras, consideradas desde un punto de vista únicamente comercial, son inmensamente rentables. Desde la perspectiva de los medios de subsistencia de los norteamericanos, nuestro comercio de importación, cuyos orígenes pueden buscarse en gran parte en los canales de intercambio abiertos por los misioneros, es de enorme importancia. Las importaciones de las tierras de infieles nos proporcionan, a bajo coste, muchos de los lujos de la vida y no pocas de sus comodidades, así como muchas cosas que ahora consideramos, de hecho, como necesidades”.

Pero el capitalismo avanzado no requería solo materias primas y productos baratos. También necesitaba nuevos mercados para sus abundantes productos manufacturados. Así continuaba Gates su informe a Rockefeller: “Nuestras importaciones quedan compensadas por nuestras exportaciones de manufacturas norteamericanas a estos mismos países. Nuestro comercio de exportación está creciendo a grandes saltos. Tal crecimiento habría sido de todo punto imposible de no mediar la conquista comercial de tierras extranjeras, encabezada por los esfuerzos de los misioneros. (Que bendición para la industria y las manufacturas nacionales(“.

El esfuerzo misionero en China consiguió socavar durante algún tiempo la autodeterminación de los chinos. Los misioneros fueron el guante de terciopelo del imperialismo, frecuentemente con el apoyo de la fuerza bruta. Sin embargo, el esfuerzo misionero, promovido a través de las escuelas y programas médicos, representaba a pesar de todo una tentativa muy evidente de promoción de los intereses europeos y norteamericanos.

En China, como en todo el mundo, los filántropos de la organización Rockefeller llegaron pronto a la conclusión de que la medicina y los programas de salud pública resultaban, por sí solos, mucho más eficaces que los misioneros o los ejércitos para la promoción de los mismos fines. En China, la Fundación Rockefeller retiró el control del Peking Union Medical College a los misioneros y lo puso bajo la dirección de la Fundación. La Comisión Internacional de Salud de la Fundación Rockefeller organizó, financió y dirigió importantes campañas contra la anquilostomiasis en China, las Filipinas, América Latina, Ceylán, Malasia, Egipto y otros países.

Estos programas de salud pública tenían la finalidad consciente de, primero, aumentar la productividad de los trabajadores en los países subdesarrollados; segundo, reducir la autonomía cultural de estos pueblos agrarios y predisponerles a aceptar su transformación en una fuerza de trabajo industrial; y tercero, mitigar la hostilidad contra los Estados Unidos y socavar sus ansias de independencia nacional, tanto económica como política.

Incremento de la productividad

En los programas de salud pública que han llevado a cabo en todo el mundo, a los Rockefeller y su personal parece haberles preocupado sobre todo y de manera primordial, según se desprende de sus propios escritos, la productividad de la fuerza de trabajo en cada país. La eficiencia de los trabajadores de las plantaciones y de las minas era importante, según señalaban, para extraer los productos y los recursos naturales considerados esenciales para la prosperidad de los Estados Unidos. La anquilostomiasis reducía esta eficiencia, “probablemente a ella se debe, en muy gran medida, el carácter de los pueblos tropicales”, escribía Gates a Rockefeller.

Prácticamente en cada informe anual, en cada memorándum y en cada discusión, se describía el alcance de la anquilostomiasis y se evaluaba la pérdida que esto representaba en términos de productividad del trabajo. Los incrementos de productividad, después de aplicarse los programas de tratamiento en cada área, venían a confirmar la relación.

Los funcionarios de la Fundación estaban convencidos de que esta relación y los resultados de su campaña los tenían impresionados. Un informe de 1918 sobre “El Valor Económico del Tratamiento de la Anquilostomiasis” demostraba que la productividad había aumentado de un modo impresionante en dos plantaciones de Costa Rica después de haber curado a 320 trabajadores de la enfermedad. Una plantación había aumentado su superficie cultivada en casi un 50% sin necesidad de contratar mano de obra adicional y con un coste más bajo por unidad de cultivo. Cada trabajador cobraba menos por unidad de trabajo, pero con las mayores fuerzas adquiridas era capaz de trabajar más y durante más tiempo y “recibía más cantidad de dinero a la hora de cobrar la paga”. Los resultados netos, llegaba a la conclusión el informe, “son unos trabajadores más satisfechos, más sanos, más permanentes, que producen más para sí mismos y también para su patrono”.

En consecuencia, la Comisión Internacional de Salud de la Fundación Rockefeller, igual como había hecho antes la Comisión Sanitaria Rockefeller, identificaba la salud con la capacidad de trabajar, y medía los avances cualitativos en el terreno de la salud de acuerdo con los incrementos cuantitativos logrados en el terreno de la productividad.

Dominación cultural y política

Pero los programas de los Rockefeller no se preocupaban únicamente de la productividad física de los trabajadores. También se proponían reducir la resistencia cultural de los pueblos “atrasados e incivilizados” a permitir que el capitalismo industrial dominara sus vidas y sus sociedades. Tanto en las selvas de América Latina como en las islas remotas de Filipinas, la Fundación Rockefeller empezó a descubrir lo que los misioneros ya habían captado antes que ellos: que la medicina representaba una fuerza casi irresistible para la colonización de los países no industrializados.

En las Filipinas, la Fundación equipó un buque hospital que debía llevar los cuidados médicos y los “beneficios de la civilización” a las tribus moras rebeldes. Los directivos de la Fundación quedaron extasiados al comprobar que esta labor médica permitía que “el médico y la enfermera lleguen sanos y salvos a muchos lugares que al soldado le ha resultado sumamente arriesgado alcanzar”. Su labor médica preparaba “el camino para establecer luego escuelas industriales y de enseñanza general”. El presidente de la Fundación, George Vicent, declaró: “Médicos y dispensarios han penetrado últimamente de manera pacífica en ciertas regiones de las islas Filipinas y han demostrado el hecho de que, cuando se trata de apaciguar a pueblos primitivos y suspicaces, la medicina ofrece algunas ventajas con respecto a las ametralladoras”.

En última instancia, la Fundación Rockefeller tenía la esperanza de que esos programas facilitarían el control de los Estados Unidos sobre las economías e instituciones políticas de los países anfitriones. Pese a las múltiples declaraciones propagandísticas de que “el Consejo Internacional de Salud tiene como finalidad constante el traspaso a organismos gubernamentales de aquellas actividades sanitarias que hayan demostrado ser eficaces”, en realidad, la Fundación estaba perfectamente decidida a conservar el control de los programas en sus propias manos. En América Latina, como en otras partes, la Fundación creó organismos y ministerios y departamentos de gobierno que asegurasen que “el control total de todo el dinero seguirá en manos de nuestros hombres y no de gente del país”.

La Fundación deseaba ejercer un control directo sobre estos programas de salud por dos motivos. En primer lugar, el resultado final -un incremento de la productividad- era tan importante para ellos, que no querían que las gentes del país, con su fama de ineficacia, o los corruptos dirigentes políticos locales o nacionales, pudieran estropear las cosas. Contrataron algunos médicos del país y personal local preparado, dispuesto a cooperar con la Fundación en la tarea de aplicar “eficientemente” los programas. A todo lo largo de su actuación a nivel mundial, la Fundación siempre pareció dispuesta a traspasar sus programas únicamente a gobiernos coloniales británicos u otros gobiernos dispuestos a mantener en sus puestos al personal seleccionado y preparado por la Fundación.

Además, los gobiernos autóctonos eran considerados en gran parte como vehículos para la penetración del control político, económico y cultural de las sociedades y organizaciones estadounidenses. En China, por ejemplo, el Peking Union Medical College de la Fundación Rockefeller estaba totalmente bajo el control de personal de la propia Fundación, que actuaba desde Nueva York, y de una oficina instalada en Pekín. En 1920, el director residente del PUMC, Roger Greene, insistió cerca de los directivos de la Fundación de Nueva York para que consiguieran que los banqueros estadounidenses ofrecieran un crédito más importante al gobierno chino, en concepto de ayuda para la lucha contra el hambre. Tal vez le impulsaban motivos humanitarios, pero a ello se superponía una importante capa de sentido práctico: “Estoy convencido que, tratándose de este fin especial, el gobierno chino aceptaría un grado muy importante de control extranjero sobre el gasto. La experiencia práctica adquirida en la gestión de un préstamo de este tipo podría resultar enormemente valiosa para crear un mejor entendimiento entre los banqueros y el gobierno chino”.

El objetivo último de este control y de la “experiencia” de la población nativa con los programas de salud dirigidos desde los Estados Unidos era crear en los corazones y la mente de los habitantes de los países receptores una actitud más favorable a la continuación de la dominación económica y política de los Estados Unidos. Aún cuando los intereses empresariales habían dado el primer paso para “estrechar las relaciones” con América Latina, las empresas necesariamente están más interesadas en lo que pueden sacar de Sudamérica, que en lo que pueden dar. Sin embargo, dado el carácter humanitario de los programas de salud pública, los directivos de la Fundación Rockefeller consideraban que “los subproductos de nuestra labor, bajo forma de unas relaciones internacionales amistosas, tal vez sean todavía más importantes que el alivio y control de la anquilostomiasis o la fiebre amarilla”.

Muchos latinoamericanos de renombre aceptaron la imagen pública que intentaba presentar la Fundación. En Costa Rica, el cura católico Padre Lombardo declaró en una conferencia pública: “Todos ustedes saben que nunca nos gustaron los yanquis ni confiamos en ellos, pero desde que esta institución ha venido a trabajar aquí y ha empezado a mostrarnos que ellos también tienen su corazón, sentimos deseos de abrazarles como hermanos y acogerles más abiertamente de ahora en adelante. Me gustaría mucho estrecharle la mano al señor Rockefeller y decirle: Es usted uno de los nuestros”.  Otros latinoamericanos, en cambio, fueron menos crédulos. Un destacado abogado nicaraguense dijo que los programas de salud pública de la Fundación Rockefeller eran “una de las múltiples avanzadas de la conquista norteamericana”.

A principios de la década de 1920, los directivos de la Fundación Rockefeller llegaron a la conclusión de que en menos de diez años de trabajo en más de 60 paises, “hemos visto como una actitud de fría curiosidad por averiguar nuestros motivos reales cedía paso a una confianza implícita, que nos abre todas las puertas”.

Evidentemente, los programas de la Fundación Rockefeller tuvieron su parte buena y su parte mala. En la medida en que mejoraron la salud de las poblaciones autóctonas, beneficiaron a estos pueblos. Pero, en la medida en que promovieron un mayor control y mayores beneficios económicos y políticos para las naciones capitalistas de Europa y para los Estados Unidos, representaron una fuerza insidiosa que perjudicó a los pueblos a los que, en apariencia, estaban ayudando.

Estas consecuencias no fueron pocas ni casuales. Tanto los programas de salud pública en los paises receptores, como los beneficios empresariales obtenidos de estos países, encubiertos bajo las justificaciones ideológicas prevalecientes en la época, eran considerados beneficiosos trasplantes de la civilización occidental; como dijo Gates: “nuestros métodos más perfeccionados de producción y de cultivo, de manufactura y de comercio, nuestras superiores instituciones sociales y políticas, nuestra superior literatura, filosofía, ciencia, arte, refinamiento, moralidad y religión”. La salud quedó definida como la capacidad de trabajar y el incremento de la productividad de las poblaciones fué la medida del éxito de los programas de salud pública.

Aunque, con frecuencia, los programas de la Fundación estaban estrechamente vinculados a inversiones de los Rockefeller -por ejemplo, se iniciaron importantes programas de educación médica en China y Turquía, dos zonas en las cuales la Standard Oil Company poseía importantes intereses de mercado-, buena parte de su labor fue expresión de una concepción muy general de las necesidades del capitalismo estadounidense. Gates coincidía con algunos autores antiimperialistas de la época en señalar que el capitalismo avanzado requiere la conquista económica de mercados extranjeros, recursos naturales y oportunidades de inversión rentables para el capital de la “madre patria”. A medida que los productos manufacturados y también el capital fueron saturando los mercados domésticos más rentables a finales del siglo XIX, los industriales y financieros, cada vez más monopolistas, empezaron a buscar nuevas oportunidades más rentables. Como hemos visto, gentes como Rockefeller y como Gates comprendían perfectamente que los programas sanitarios de la Fundación Rockefeller estaban vinculados a las necesidades del imperialismo, y deseaban que así fuera.

Una vez que los altos funcionarios de la Fundación hubieron puesto en marcha esos programas, la lógica interna y las condiciones históricas aseguraron que los fines imperialistas estarían bien servidos, aún cuando los mandos medios, los directores encargados de la gestión sobre el terreno y el personal profesional no se dedicaran a promover conscientemente el imperialismo a través de sus programas. Para empezar, los programas poseían una lógica y una dinámica propias. La aceptación de las teorías y de la práctica médica europea y norteamericana implicaban una sumisión a la autoridad y superioridad de esas culturas extranjeras.

Los funcionarios de la Fundación consideraban acertadamente, que la incorporación de la tecnología moderna a los programas médicos y de salud pública debilitaba lentamente la resistencia de los pueblos agrarios y tradicionales a la “industrialización” -esto es, a su explotación como fuerza de trabajo productivo en las minas, plantaciones y fábricas propiedad de capitalistas europeos y norteamericanos. Como señaló Franz Fanon, los pueblos colonizados también consideraban la medicina occidental como algo inseparable de la colonización. Dentro de la psicología social del imperialismo, someterse a los programas sanitarios de salud de la Fundación Rockefeller significaba someterse a la dominación cultural, política y económica de Rockefeller y de los Estados Unidos.

Finalmente, las grandes fundaciones están inextricablemente ligadas al imperialismo. Su riqueza tuvo su origen en las sociedades financieras e industriales gigantes, asociadas al ascenso del imperialismo. Las dirigen personas que,  por sus intereses materiales y compromisos ideológicos, forman parte de la clase capitalista ligada a las sociedades anónimas.

Los profesionales de la sanidad que colaboraban en estos programas no eran propietarios de las sociedades que se beneficiaban del comercio exterior y de las inversiones, ni tenían ningún control sobre ellas, pero la mayoría de ellos participaban de las ventajas materiales que obtenía “la madre patria”, y sin duda alguna compartían las ideologías racistas y etnocéntricas que justifican el imperialismo.

William H. Welch, primer decano de la Escuela de Medicina John Hopkins y de su Escuela de Higiene y Salud Pública, alabó el papel de la ciencia médica en cuanto a facilitar a europeos y norteamericanos los esfuerzos de colonización y conquista para la civilización de vastas regiones tropicales. Igual como los misioneros creían estar promocionando la civilización cristiana con su trabajo, los profesionales de la salud pública también se incorporaban a los programas de la Fundación a fin de llevar los “beneficios de la civilización” a los pueblos “atrasados”. a través de su trabajo médico.

Los programas de salud pública han sido los asociados humanitarios del imperialismo norteamericano durante más de 60 años. En 1954, John C. McClintock, vicepresidente adjunto de la United Fruits Company, resumió nítidamente la relación entre salud y beneficios en torno a la cual han girado estos programas en los trópicos: “En las regiones subdesarrolladas donde se han instalado las compañías norteamericanas, donde han puesto en marcha grandes empresas, donde continuan operando, uno de los factores primordiales fue crear unas condiciones sanitarias en las cuales la gente no sólo pudiera sobrevivir sino también trabajar. Era imposible extraer el mineral, o cultivar los plátanos, o sacar el petróleo sin resolver antes estas cuestiones fundamentales”.

Aún cuando es posible que muchos profesionales empleados en este campo sólo comprendieran vagamente el apoyo que estaban prestando al imperialismo, desde luego muchos eran , y son, perfectamente conscientes de ello. En 1962, la Academia Nacional de Ciencias -Consejo Nacional de Investigación de los estados Unidos- publicó un informe sobre la salud en los trópicos, con la colaboración del ejército de los Estados Unidos, el Instituto Nacional de Salud y la Fundación Rockefeller. En un capítulo sobre “Salud Tropical y la Economía de los Estados Unidos”, los autores señalaban, con palabras muy parecidas a las que empleó medio siglo antes Frederick T. Gates cuando escribía sobre los misioneros que, a medida que van cobrando importancia el comercio exterior y las inversiones en el extranjero, sobre todo en América Latina, Africa y Asia, la salud de los pueblos tropicales empieza a ser de interés material para la economía estadounidense. Concluían,: “No cabe duda que una reducción de las enfermedades infecciosas debilitadoras y una mejora en la dieta aumentarán la capacidad de trabajo de las poblaciones tropicales y supondrán una aportación económica al bienestar de la nación (EE.UU.)”.

Como prueba de la importancia de la salud en los trópicos, los autores citaban, en términos aprobatorios, al economista Stacy May, quién dijo que la medicina tropical era “la partera del progreso económico en las zonas subdesarrolladas del mundo”. May, que durante muchos años fué director de la IBEC (una sociedad de inversiones controlada por los Rockefeller), argumentaba que “siempre que se consigue controlar las enfermedades que afectan a un gran número de personas, tiende a incrementarse la productividad, al crecer el porcentaje de trabajadores adultos en relación a la población total, y aumentar su vigor y ambición de trabajar”.

Conclusión

Desde luego, no hay nada inherentemente malo en el hecho de incrementar la productividad a base de mejorar la salud de la gente. Cuando tales medidas hacen más rica la vida de la gente de los pueblos que las reciben, y les permiten desarrollar sus propios países de la manera que ellos decidan que es más favorable para sus propios intereses, esos programas resultan sumamente humanitarios. Pero los programas de la Fundación Rockefeller sólo se ocupaban de manera secundaria de los intereses de las poblaciones locales. Su principal finalidad era enriquecer a los propietarios de las plantaciones, minas y fábricas, y en última instancia a las potencias imperialistas extranjeras; o, en el caso del Sur de los Estados Unidos, a la clase capitalista mayoritariamente norteña. En un claro ejemplo de razonamiento ideológico, se suponía que los intereses de las poblaciones nativas coincidían exactamente con los intereses de las empresas norteamericanas.

En consecuencia, esos programas no eran apolíticos. Por sus definiciones de la salud como la capacidad de trabajar, por su contenido tecnocrático que socavaba la autonomía de la cultura tradicional y agraria, por las condiciones históricas que aseguraban que el desarrollo económico (si no se ponía en marcha a través de una lucha por la independencia nacional) favorecería a las clases capitalistas extranjeras, y por su papel de freno a las fuerzas que deseaban lograr la independencia económica y política, los programas de salud pública de los Rockefeller estuvieron cargados de valores y consecuencias políticas y económicas.

 

 

  1. Richard Brown, autor de “Rockefeller Medicine Men: Medicine and Capitalism in the Progressive Era”. Este artículo, en una versión más amplia fué publicado en Septiembre de 1976 en el American Journal of Public Health.

 

 

 

Josep Cónsola

miembro del Centro Félix Varela, La Habana, Cuba

27 de Octubre de 1995